El rastro del fuego del verano todavía resulta visible desde Porto mediado el invierno. Aquí, en una esquina de la Alta Sanabria casi metida en Galicia, quedan los restos chamuscados de las laderas y el susto en el cuerpo. Ahora es época de temporales, de crecidas de los ríos y de nieves, pero la marca del incendio que causó pesadillas en agosto sigue presente en los días del frío. Justo esta semana hace seis meses que la comarca empezó a arder.
Cuando aquellas llamas amenazaron el pueblo, Douglas Uzcátegui y su familia llevaban apenas quince días con su nuevo negocio. Con su nueva vida en general. El 1 de agosto, estas personas llegadas de Venezuela – previa escala en Madrid – se hicieron cargo del bar Rabel de la localidad. La expectativa era arrancar con la caja grande del mes fuerte del verano, cuando la población ronda las 1.800 personas en Porto, pero el fuego tiró del freno de mano: «Nos atuvimos a las circunstancias», despacha el hostelero, ya en febrero, con unos 50 por estos lares y sin más queja.

El lector ya sabe, por tanto, que Douglas y su familia han aguantado el primer tirón en Porto, pero les queda por conocer qué ha traído a esta gente hasta la provincia. Es más, hasta el pueblo más alejado de Zamora capital que existe en el territorio: «Se podría decir que fue una situación accidental», arranca el dueño del negocio, que explica que su mujer, sus hijas y él llegaron el año pasado a Madrid «en calidad de perseguidos políticos».
La familia venezolana se acogió a un programa de protección de Cruz Roja y, pasados los meses, tanto Douglas como su mujer, Mari Laura Chacón, empezaron a buscarse la vida en su nuevo país. Sus circunstancias les llevaron a entablar relación con los miembros de una organización llamada Refugiados sin Fronteras. Y fue ahí donde conocieron a Jesús Alemán. Este hombre es el responsable de una fundación llamada Talento 58. ¿Les suena?
Este colectivo, que mantiene una colaboración estrecha con la Diputación de Zamora, se encarga de conectar a la población venezolana que busca alternativas de trabajo en España con los responsables de los negocios o de las instituciones en el medio rural del país. Así han llegado varias familias a Fermoselle o un nuevo hostelero a Villalpando, por citar un par de ejemplos. Y esta vía es la que siguieron Douglas y su familia para aterrizar en Porto.
«Vinimos a conocerlo y a mí me gustó mucho. En cierta forma, se parece al pueblo del que nosotros salimos», asegura el hostelero. Ya en la localidad, su familia conoció a Sole Bruña, la dueña del local y la mujer que traspasaba el negocio: «Nos abrió todas las puertas y nos dio facilidades para que pudiésemos acceder a administrar el bar», asegura Douglas. Y así fue. El resto ha sido acostumbrarse y remar, como en cualquier proyecto.
Para la familia ha sido, además, un proceso de readaptación. En Venezuela, Douglas Uzcátegui tenía varios negocios, como la dirección de un parque temático, unos jardines ecológicos o la enseñanza de aspectos pedagógicos en institutos técnicos. Pero, por encima de todo, llevaba 35 años metido en el mundo de la hostelería a través de una franquicia de comidas llamada 150 pizzas. Esa marca es ahora el apellido del bar Rabel de Porto.
«Aquí, el bar, las circunstancias del lugar y del momento tienen sus propias especificaciones. Poco a poco nos hemos ido adaptando a ellas», indica Douglas, que ha ido incorporando la comida a los servicios que ofrece su negocio y que todavía está acondicionando el local para poder ajustarlo a lo que pretende. Todo, con Mari Laura al lado y con la adolescente y las dos niñas que tienen a su cargo. La más pequeña, todavía un bebé, asiste a la conversación desde el corralito instalado al fondo del bar.

«Proyectos centrados aquí»
Las otras dos van a Puebla y a Lubián respectivamente para seguir con sus estudios. «Tienen que rodar un ratito», sonríe Douglas, que ha seguido desde Porto las novedades que se han producido en Venezuela en las últimas semanas: «Allí la situación sigue siendo muy compleja y, por el contacto que tengo con mi familia, no se han visto cambios significativos. De momento, nuestros proyectos están centrados aquí y vamos a seguir adelante con ellos», deja claro el emprendedor.
A esa idea contribuye la sensación de sentirse bien tratados. La misma mujer que les alquila el bar es también la casera de la vivienda donde residen. Y todo son buenas palabras: «Por lo demás, somos de vida modesta y estamos bien», resuelve Douglas Uzcátegui, mientras varios vecinos de Porto echan el vino o el café en un bar que, si no fuera por «la situación accidental» de esta familia quizá no tendría quién lo abriera.
