La sierra de la Culebra no era solo el manso reptil de lomas suaves y plantaciones de coníferas para la industria maderera que serpenteaba junto a la carretera nacional, bajo la atalaya bicéfala de Peña Mira. La sierra de la Culebra era también su lomo hendido en vaguadas y barrancos, ensanchado en mantos de escobas y piornos, en bosques de robles y encinas, en canchales donde van a morir las carreteras secundarias que pierden fuelle luchando contra la maraña. De ella se dice que es la frontera natural con Portugal, pero cuando el reptil se repliega en las áridas ondulaciones del sudoeste, el vacío de Trás-os-Montes resulta más imponente que el castellano. ¿Frontera de qué, de quién? De los roquedales, de los helechos, de los arroyos que esculpen en el granito venas tacañas. De los milanos que escudriñan humedales, de los corcinos aguardando entre el ramaje. De pueblos dispersos que exhiben huertos abandonados, muros caídos y tejados hundidos como un viejo desdentado. De las fiestas populares del verano y de los inviernos que ahuyentan a los hombres: casi todos se fueron a las ciudades y su marcha se convirtió en un habitante más, un animal oscuro y solitario de fauces estrelladas que reclama el monte como territorio propio. Territorio de nadie.
A David Muñoz Mateos le dieron ayer la ocasión de leer un pasaje de su ya presentada novela, Entre las hojas escondido, y eligió el que encabeza este texto. Un fragmento de una narración que se introduce en una Culebra que ya no existe, la de antes de los incendios, que afina a definir las comarcas, a sus habitantes y a los pueblos en los que residen, que desaparecen. Una novela que habla de la Zamora rural desde el desarraigo del narrador, alter ego del autor y, seguro, de muchos alistanos emigrados. Gentes que residen en otros lugares de España pero que en un rincón de su alma algunos, otros más a las claras, envidiarán a los que se quedaron en la raíz, en la tierra, en casa. «La novela necesitaba a ese narrador que siente que la vida en los pueblos se acaba. Melancólico, desplazado, que hace la cuenta de lo que queda» pero que en realidad no se involucra para que la vida no acabe.
La novela, protagonizada por Samuel, un niño salvaje regresado a Santa Cruz de los Cuérragos, se tuvo que escribir con distancia. Lo reconoció su autor este jueves en la presentación del texto, en un salón de actos, el del Museo Etnográfico, que se quedó felizmente pequeño. «Empecé tres veces la novela mientras vivía en Sanabria y no conseguí avanzar, tuve que irme», decía el escritor a preguntas de su compañero de oficio, Jonathan Arribas. «Me di cuenta de que me estaba costando mucho escribir desde la experiencia porque la novela, que describe el desarraigo del narrador, necesitaba distancia. Con distancia sería más fácil» su desarrollo. «No era capaz de escribir de pueblos que se mueren cuando en Sanabria yo participaba» de las actividades y colectivos que trabajan precisamente para lo contrario, apostillaba Muñoz Mateos.
La novela pivota sobre tres ejes pero el principal es la tierra, como reconocía el autor. Los otros dos, el desarrollo de los ensayos sobre niños salvajes y la historia de uno de ellos y su encuentro con el narrador surgieron después, una vez localizada la trama. La Culebra es, en la cabeza de David y en la realidad, el marco perfecto para desarrollar esta historia, la de un niño que crece en la naturaleza, moldeado por los lobos. Si en algún sitio es fácil perderse es donde no hay gente, y en pocos sitios hay menos gente que en esta sierra, donde lo salvaje gana terreno y la naturaleza reivindica lo que es suyo en los pueblos que se vacían, cada vez más.
El autor localiza la escena principal en un Santa Cruz de los Cuérragos que dibuja totalmente deshabitado, con solo una vivienda abierta, la de Samuel, e invadido puntualmente por los emigrados a la ciudad, que se preocupan levemente de sus casas, lo justo para pasar los domingos o una Nochebuena. El narrador habla de una Santa Cruz vacía y consigue que, incluso en Zamora, quepa preguntarse si la historia que cuenta sucedió de verdad.

«¿Cabe la posibilidad de que haya un niño salvaje en Santa Cruz de los Cuérragos y no nos hayamos enterado?», preguntaba el escritor. La respuesta es sí, cabe la posibilidad. Primero, por el propio texto, y segundo, porque incluso en la provincia se da ya por asumido que los pueblos se vacían y que poco se puede hacer. Podría tanto ser este como cualquier otro pueblo. En Santa Cruz de los Cuérragos hay referenciadas seis personas, todos hombres. Los mismos que hace un año, dos personas menos que en 2020, cuando había 7 hombres y una mujer. ¿Es despoblación o es la naturaleza reclamando lo que es suyo?
