Con la iglesia en penumbra, los focos iluminan la escena para facilitar la minuciosa tarea de la restauradora. Este no es un trabajo de brocha gorda; aquí se demandan cuidado y precisión. La profesional, de nombre Aurora y apellido Galisteo, actúa con tiento mientras el vaho que exhala revela el frío invernal que inunda la estancia. Ya van más de tres meses de faena. Y aún queda para que este retablo de ánimas luzca como debe, «con un envejecimiento digno». La experta lo va a contar luego, pero aquí no se trata de hacer una obra nueva, sino de llegar hasta donde se puede con lo que hay.
Aurora Galisteo es, junto a Gerardo Casaseca, la restauradora que se está encargando de actuar sobre esta obra con más de 200 años de historia y perteneciente a la parroquia alistana de San Vitero. La intervención tiene lugar en la propia iglesia del pueblo, frente al ayuntamiento. De hecho, si uno cruza el umbral del templo, se topa directamente con el espacio de trabajo de los profesionales: las mesas, el retablo desmontado, el instrumental o los elementos de iluminación. Todo.

«La gente tiene muchos recuerdos con sus abuelos en torno a esta obra y la parroquia llevaba mucho tiempo queriendo restaurarla», apunta Galisteo que, aparte de estar enfrascada en esta tarea, se encuentra en la recta final de su tesis sobre los retablos situados en los templos de Aliste y Alba. Es decir, esta pieza, como otras ubicadas en los templos de la contorna, forma parte de su campo de especialidad. Ya la tenía más que vista antes de acercarse para intervenir sobre ella.
La posibilidad de restaurar el retablo llegó de la mano de un convenio con financiación de la Diputación Provincial. La parroquia vio la posibilidad y se lanzó. Por ahí le llegó el encargo a Galisteo, que ya tenía una idea formada sobre las necesidades de la obra: «Como con el resto de los retablos de la parroquia, lo primero que se percibe de un vistazo es que estaba muy sucio. Sobre todo, por el humo de las velas. Si miras todos los demás, están muy ennegrecidos», apunta la restauradora, que aclara que, a nivel estructural, «tampoco se encontraba excesivamente mal». «Sí hemos hecho algunos refuerzos en parte de la madera que estaba muy debilitada», matiza.

Otra cosa que también sabía Galisteo gracias a su tesis es que, en un momento determinado, alguien había desmontado este retablo y lo había vuelto a montar al revés. No es que los personajes estuvieran boca abajo, sino que la estructura estaba al contrario de lo que debía. «Por eso, cuando se planteó la restauración, se llegó al consenso de que lo mejor era desmontarlo y colocarlo correctamente para que se entendiera. Es algo que no se suele hacer, porque la pieza puede sufrir, pero se ha llevado a cabo de una manera muy controlada y nos facilita los tratamientos», abunda la profesional.
Aurora Galisteo cuenta todo esto al pie del propio retablo, una pieza de fondo azulado con varias escenas que la experta describe a petición de la visita: «Son las ánimas del purgatorio. Hay un primer estrato abajo donde aparecen los condenados; por encima, varios envueltos en llamas que todavía se pueden salvar; en el centro, la Virgen del Carmen que le da el escapulario a uno de los personajes, junto a San Francisco con el cordón y Santo Domingo con el rosario; y arriba Jesús en el paraíso con Dios, la paloma que representa al Espíritu Santo y unos ángeles».

Con eso trabaja desde octubre Galisteo, que cuenta que primero se hizo una desinsectación del retablo y luego se llevó a cabo la consolidación de la madera «para aumentar su resistencia mecánica». Luego, los restauradores retiraron unos refuerzos antiguos desgastados para añadir unos nuevos, tras constatar que los anteriores «se habían colocado de muy mala manera». Mientras, en paralelo, la policromía se había protegido para ejecutar el desmontaje: «Aseguramos la adherencia de todos los estratos polícromos para que no se perdiera nada de pintura», destaca la experta, que ahora está centrada «en la fase de limpieza».
«Como comentábamos, el principal motivo para restaurar el retablo se resume en que estaba muy sucio. La limpieza es lo que más va a llamar la atención», asevera Galisteo, que cuenta que, en esa labor prioritaria, va por la mitad. «Más tarde, vendría la fase del estucado, que consiste en rellenar las pérdidas de policromía y lograr la reintegración. A partir de ahí, tendríamos que barnizarlo y volverlo a montar», remacha la restauradora. que estima que harán falta «quizá otros tres meses» de faena.
Galisteo habla desde la perspectiva técnica, pero conviene no olvidar que gran parte del valor de obras como esta reside en la importancia que les den sus parroquianos. En el caso de este retablo de ánimas de San Vitero, existe esa querencia popular hacia una pieza cuyo relieve podría datar de mediados del siglo XVIII, según la experta, que remarca que ni la ejecución de la mazonería ni otros detalles son lo suficientemente explícitos como para dar una fecha más exacta. Tampoco para señalar a un autor: «Tengo alguna idea, pero no lo suficientemente contundente», advierte la profesional, que indica que la policromía podría haberse añadido algo más adelante, sobre 1790.

En este punto, Galisteo se detiene para incidir en que la obra restaurada no va a quedar idéntica a la pieza original. Eso no es posible. El matiz surge ante la constatación de una evidencia: Santo Domingo no tiene cabeza. «Añadírsela sería inventárselo por completo. En las restauraciones, la pieza nunca va a quedar como nueva. Es más, desde que pasó el día uno de la concepción de la obra, eso ya no está nuevo», recalca la experta, que pone énfasis en esto: «No es porque yo no quiera, sino porque me lo estaría inventando».
Galisteo se acerca al retablo y señala una zona dañada: «Si yo ahora mismo estuco esta laguna y me pongo a reintegrarla, eso no hace que se recupere. Visualmente parece que sí, pero no. Es como con una persona y los retoques estéticos. Al final, la obra está envejeciendo. Esa es la realidad. Nosotros tenemos que hacer que se conserve y que ese proceso sea digno. Hay reconstrucciones que consisten en falsear la obra y no vamos por ese camino», abunda la restauradora.

Con esa filosofía, Galisteo aspira a seguir ejecutando restauraciones en retablos de Aliste y Alba, los que más domina. «Hay trabajo como para 200 años», afirma esta madrileña afincada en Tolilla, donde se hunden sus raíces. Lo que ocurre con esa jera que queda por delante es que alguien tiene que pagarla. Y las parroquias cada vez tienen menos recursos. Humanos y económicos. «San Vitero es un pueblo relativamente grande dentro de la comarca. Las ayudas que llegan están muy bien, pero hay una parte que hay que aportar y la gente en otros sitios no llega», argumenta la profesional.
Galisteo pone de manifiesto que «no porque un pueblo sea pequeño su retablo es peor». Lo que ocurre es que no es lo mismo juntar 15.000 euros – por poner una cifra – entre diez personas que entre doscientas. Eso habrá que afrontarlo. De momento, la atención de la restauradora está centrada en esta iglesia de San Vitero. En el trabajo minucioso. En el cuidado y en la precisión que hacen falta para el envejecimiento digno de las ánimas.
