A las cinco hace viento, pero asoma el sol. A las cinco y veinte, después del rezo, fuera no hay quien pare. Lluvia y vendaval. Combinación fatal para las águedas de San Frontis, que estiran el cuello desde la puerta para buscar un resquicio de luz, pero que se topan con un chaparrón inmisericorde: «Dios nos está dando el agua que nos debía del verano», apunta el cura, que intenta consolar. De poco vale. El disgusto de suspender la procesión es lo que pesa en ese instante.
El disgusto y la sorpresa. Ninguna se había visto ante esa tesitura. Seguro que, si se bucea en la historia, la procesión del día de la santa por el barrio se había cancelado más veces. Esta cofradía lleva en pie desde el siglo XVII, así que le da para haberlas visto de todos los colores, pero las más antiguas de ahora acumulan 47 años en el colectivo y jamás se habían quedado en el interior del templo en una tarde de 5 de febrero. Para todo hay una primera vez.
Las mujeres lo comentan con un fastidio indisimulado: «Qué asco, qué día más tonto». Pero su presidenta, Nuria Roncero, hace por cambiar el paso y anuncia una vuelta en procesión entre los bancos de la iglesia. Algo es algo. «Venga, toca un poco», le dice al músico que había venido para amenizar el camino cuesta arriba y cuesta abajo por San Frontis, entre las casas de los vecinos. Como siempre. No esta vez.
La música tradicional suena tras la indicación de Nuria mientras Santa Águeda gira entre cuatro paredes con las mujeres agarradas a las andas. Alguna se sigue asomando por si acaso, a ver si amaina. Pero solo queda la constatación de la realidad: «Así no podemos ir a ningún lado». Al final, se impone la resignación. Algunas sacan los móviles para grabar estas escenas inéditas. Otras se emocionan. Casi todas se conforman con las fotos de rigor.
«A ver ahora, porque tenemos que ir a pedir la miaja y, si está lloviendo, no podemos», admite Nuria, que menciona lo delicado de los trajes más allá de la faena de verse privadas de partes esenciales del ritual. No en vano, la vida de las águedas está en la calle. Y la calle está impracticable. Habrá que aprovechar los resquicios que deje el temporal después. De todos modos, una suspensión cada cincuenta años no es mala media: «Claro que lo firmamos», ríe la presidenta. Aunque esta tarde no haga gracia.





