13 habitantes. No parecen muchos, pero son los que ganó Bermillo de Sayago (la localidad, que no el municipio) durante el año 2024. Un año, el último que ha analizado el Instituto Nacional de Estadística en su estadística detallada de población por pueblos, en el que la población de ciudadanos españoles cayó en 19 personas. La explicación al repunte demográfico, leve pero existente, que en Zamora ya es una buena noticia, hay que buscarla en los extranjeros. En Bermillo de Sayago, a fecha de 1 de enero de 2025, había ya censadas ochenta personas que no habían nacido en España, 16 más que un año antes. Es una realidad cada vez más palpable en el medio rural zamorano. Los ciudadanos españoles siguen emigrando y los extranjeros ocupan su hueco, tanto a la hora de dar vida a los pueblos como a la hora de ocupar los numerosos puestos de trabajo que siempre quedan por cubrir.
Una de las familias que ha llegado a Bermillo de Sayago durante los últimos tiempos es la de Wendy Libre, que procede de Venezuela y que, después de probar en otras zonas, optó por establecerse en la cabecera comarcal sayaguesa. Wendy llegó a España con su esposo, que trabaja en una empresa de construcción de la zona, y después de probar en diferentes trabajos se ha lanzado a emprender una aventura empresarial por su cuenta. Nada raro en las personas que llegan de Sudamérica, que no dudan en poner en marcha negocios para establecerse en el territorio. Libre ha puesto en marcha una empresa multiservicios. Ella se desplaza a las casas y negocios a limpiar y, además, ha habilitado un puesto de venta de electrodomésticos en Bermillo, en la misma plaza en el que, dice, no le falta trajín. Las personas que viven en los pueblos son mayores y les gusta «tocar» lo que compran, así que Internet no tiene aquí tanto tirón como en las ciudades, indica. «Vienen, me dicen qué es lo que necesitan y yo se lo traigo en dos o tres días», asegura desde dentro del local. También hay muestras de encimeras para las cocinas nuevas. «Si tenemos que montar la cocina, también lo hacemos», indica.
El primer trabajo de Wendy en Zamora fue el último que tuvo en Venezuela. Estuvo unos meses ordeñando ovejas en una explotación ganadera de la zona hasta que, dice, tomó la decisión de empezar su negocio. «Empezamos a conocer gente, porque en España hace falta conocer gente para trabajar», y el 10 de marzo de 2025 echó a andar su proyecto. Los inviernos son más parados pero en verano, dice, no para. «Intento alargar los días lo máximo posible porque hay más gente en el pueblo y más gente me llama» para trabajar. De momento, va bien, y la familia está creciendo. La hermana de Wendy ha llegado a España y ha tenido ya familia aquí y la pareja ha traído también a uno de sus hijos, que tiene 18 años y está a la espera de conseguir un puesto de trabajo. No tiene aún los papeles y Wendy espera que pueda beneficiarse de la regularización que ha anunciado el Gobierno, que facilitaría mucho las cosas a esta familia. En Venezuela queda, de momento, la pequeña de la casa, que tiene 10 años. «Mi meta para este año es poder traer a mi hija conmigo», relata la venezolana.

En la carretera, en la zona del centro de salud, unos metros más allá del lugar en el que Wendy ha alquilado un local para tener un muestrario con los electrodomésticos que trae, Camilo Cepeda atiende tras la barra del Bambaru, uno de los bares del pueblo, cerrado hasta que un día él se decidió a hacerse cargo del negocio. Cepeda es dominicano, como su mujer, con la que llegó primero a Madrid y, después, a Zamora. En la capital de España trabajó recogiendo neumáticos para reciclaje pero, por cuestiones laborales, viajaba habitualmente a Zamora, sobre todo los fines de semana. «Me gustaba la tranquilidad», recuerda. En verano vino con su pareja para conocer la provincia, vio que el bar estaba cerrado y que el Ayuntamiento «ofrecía facilidades para abrirlo, aunque luego muchas no se cumplieron». El caso es que se lanzó y gestiona el bar desde hace alrededor de dos años.

«Hay días, claro, los pueblos, ya sabes», apunta Camilo en una pausa que da la jera de la mañana. En el bar trabajan él y su novia, él tras la barra y ella en la cocina, preparando las comidas (que el bar da) las tapas (que el bar ofrece) y las cenas (porque «cuando la gente reserva, no decimos que no»). El invierno es duro para el negocio, el verano mejor y los clientes principales, dice, son los jubilados, que hacen el desembolso que hacen. «Pero da para vivir tranquilos», resume.
Wendy y Camilo son dos ejemplos de los muchos que hay repartidos tanto por Sayago como por distintos puntos de la provincia. No es raro ver que las estadísticas de población llevan en los últimos años esa doble dirección, la de la población nacional caminando a la baja y la extranjera, repuntando al alza. En los pueblos la gente celebra la llegada de los nuevos vecinos, que siempre «vienen a aportar» y que, en el caso de Bermillo y como ratifica la alcaldesa, Ángeles Martínez, se han «adaptado de maravilla» a las dinámicas del pueblo. Gracias a ellos el pueblo pudo alcanzar en 2025 los 521 vecinos, la mayor cifra desde el año 2013. No es mucho para lo que fue Bermillo de Sayago pero, visto como están las cosas, cualquier dato positivo se celebra.
