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domingo, 1 febrero, 2026
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Los taxis de Madrid, historia de Zamora y de Sanabria: «En los años 60, llegó a haber más de 4.300 licencias de gente de la provincia»

Miles de personas procedentes de la tierra se han ganado la vida en la capital de España como conductores profesionales: los primeros llegaron "antes de la Guerra Civil"

por Manuel Herrera 01/02/2026
Manuel Herrera 01/02/2026
David Barrio, Argelia Rábano y José Javier Alonso, ante sus taxis. Foto Emilio Fraile.
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La mañana transcurre entre el bullicio y la lluvia en Madrid. La gente camina con prisa y paraguas, el tráfico se espesa y la paciencia se agota. Un día cualquiera de un invierno moderno en la ciudad. En medio de ese frenesí cotidiano, tres taxistas hacen un paréntesis en la faena para ayudar a construir una historia. Sus nombres son José Javier Alonso, Argelia Rábano y David Barrio. Y la profesión no es lo único que tienen en común. Como otros tres mil compañeros en la capital de España, los tres proceden de la provincia. Ellos, concretamente, de la zona de Sanabria, el origen principal. Este es el relato de un oficio transformado, durante décadas, en la forma de vida de miles de hijos de la tierra; la descripción del vínculo irrompible que existe entre los taxis de Madrid y la gente de Zamora.

José Javier Alonso. Foto Emilio Fraile.

José Javier, el más locuaz de los tres protagonistas iniciales de este reportaje, habla al pie de su taxi, en la parada ubicada cerca del Hotel Ritz. Una pequeña pegatina de un animal junto al foco trasero da pistas de la procedencia de quien conduce el vehículo: aunque la raíz está en Pedralba de la Pradería, su lugar en el mundo es Villardeciervos. «Yo tengo en Madrid a la mayor parte de mi familia, así que ya venía a la ciudad de vacaciones o los fines de semana. De joven, me gustaba el rollito de la noche», recuerda el zamorano, que ya entonces era consciente de que mucha gente de la tierra se ganaba la vida conduciendo por la capital, incluidas personas cercanas. Al final, vio la opción de entrar en el mundillo y dio el paso. El zamorano solo estuvo un mes de conductor por cuenta ajena. Le bastó para entender que era lo suyo. Compró la licencia.

Argelia Rábano. Foto Emilio Fraile.

En el caso de Argelia Rábano, la vida se lo puso más difícil. «Lo mío fue una odisea», admite ella misma. El taxista era su marido, un hombre procedente de Pedralba – como decenas de profesionales del sector – con un buen puñado de familiares metidos en el negocio. Él falleció en 2006 y ella se quedó en una situación difícil. Durante casi cuatro años, por temas administrativos y a pesar de su voluntad, Argelia no pudo coger la licencia de su marido para garantizar el sustento de sus tres hijos pequeños. Solo una ayuda a última hora le permitió ponerse al volante para empezar a remontar el vuelo: «He llorado mucho», admite ahora esta mujer de Hermisende, vinculada a Vigo y con dos años por delante antes de la jubilación: «Hay rachas mejores y peores, pero soy muy feliz trabajando», destaca.

David Barrio. Foto Emilio Fraile.

El tercero de este grupito también tiene raíces en Pedralba. Su nombre es David Barrio y, en su caso, el taxi ya venía siendo el sustento de su familia. Su padre, Manuel, todavía sigue al volante por las calles de Madrid. «Medio pueblo se ha dedicado a esto. En mi casa, también mi tío y algún primo», abunda este joven que no tenía el oficio «ni en el plan A ni en el B», pero que ahora lo ve claro. Este es su camino. «Estuve un año trabajando con otra persona, luego con mi padre y ahora con mi licencia», aclara David, preparado para «echar horas y buscar la suerte».

Los tres se despiden para seguir con su camino, pero en la conversación dejan claro con quién hay que hablar para hacerse una idea más general de lo que ha supuesto la profesión de taxista de Madrid para los zamoranos. Todas las miradas se posan en Román Rodríguez, presidente de MMT Seguros desde 2004, pero siempre taxista. Las historias que circulan sobre él hablan de un tipo que echó una mano cuando alguien lo pidió. Especialmente, si el que acudía venía de su tierra, Sanabria. ¿Recuerdan la ayuda de última hora que tuvo Argelia para enderezar el rumbo? «Me apoyó Román», aclara ella. Hay agradecimiento y mucho respeto.

Cambio de escena. La conversación sobre el taxi y la provincia se muda a un restaurante de Madrid. Allí se sienta Román Rodríguez, rodeado por otro pequeño grupito de gente vinculada al oficio. De la charla anterior, repite José Javier, pero también están en la mesa la hija del presidente de MMT, Ana Belén, y otro veterano del negocio: Juanjo Martínez, de Santa Colomba. La charla dura varias horas y va de memoria, de pasión y de sentimiento por una tierra en la que los presentes no hicieron la vida, pero dejaron parte del corazón. Como tantos.

La voz cantante la lleva Román, que lo tiene casi todo en la cabeza, pero que trae notas por si acaso. Las preguntas van al hilo de la presencia de los taxistas zamoranos en Madrid a partir del éxodo rural de los años 50 y 60, pero él asegura que los primeros sanabreses en el negocio llegaron a la capital de España «antes de la Guerra Civil». «Aquellos se apellidaban Núñez y procedían de pueblos como Pedrazales o Vigo», indica Rodríguez, que llegó años después desde Robleda para buscar el futuro por la misma senda que aquellos paisanos.

«De los hijos de los primeros taxistas, ya varios fueron ingenieros, abogados u ocupaban cargos importantes», destaca Román, que habla de los «grandes empresarios» como Ventura Vega, Pesquero, los Chimenos, Ramplete o los Isidros. De aquellas, esas personas se adueñaron de hasta treinta taxis, y disponían de garajes donde empleaban «a los muchachos que venían de la tierra con mucha ilusión». Primero, los novatos lavaban coches; luego, aprendían a conducir. Y de ahí a la licencia propia. Una vía muy común para prosperar.

De esa manera fue tomando forma la siguiente generación a partir de los 60. Llegaron más gentes de Requejo, de San Martín de Castañeda, de San Justo, de Robleda, de Paramio, de Ferreros o de Remesal. «Nos ayudábamos unos a otros, nos avalábamos para poder conseguir las licencias y coincidíamos trabajando. Teníamos incluso puntos de encuentro en el bar Rubí, en el Ferro, en la calle Ferraz…», enumera Román Rodríguez, que se para varias veces para matizar algo: «Siempre se ha dicho que por la puerta del taxista pasa el hambre pero no entra. Eso es así. Lo que pasa es que el dinero hay que ganarlo en las horas punta; en la calle y también los fines de semana». Él mismo estuvo cuarenta años haciéndolo. Cuando lo dejó, hacía varios años que presidía MMT tras una carrera empujada a pulso.

Antes, en sus comienzos enmarcados en aquellos 60, el desembarco de taxistas de Zamora en general y de Sanabria en particular ya había sido todo un fenómeno. La gente sabía que el vecino se ganaba el pan así en Madrid y acudía de su mano en busca del mismo alimento. Según los datos que maneja Román Rodríguez, en el punto álgido, antes del reparto de nuevas licencias en Madrid, de las 10.000 autorizaciones de taxi que había en la capital de España, unas 4.300 correspondían a gente llegada de la provincia o a sus descendientes.

La estimación de Román Rodríguez es que ahora son unas 3.000 licencias en manos de zamoranos o hijos de la tierra sobre las 16.366 que hay. «Seguimos siendo un referente. Somos gente honesta, honrada, luchadora y trabajadora», defiende el ahora presidente de MMT. Mientras, los que continúan en activo, como José Javier, recalcan que sigue habiendo vinculación entre los paisanos por los grupos de Whatsapp. Muchos se han ido jubilando en los últimos años, o contratando conductores para que lleven los taxis, «pero igual 1.600 o 2.000 sí que hay», sostiene el de Villardeciervos.

Gente como él o como Juanjo Martínez constatan que se está produciendo un fenómeno con el taxi de un tiempo a esta parte que les recuerda a lo que fue la historia de la generación de los padres y los abuelos. Mucha población sudamericana se está incorporando al sector y atrayendo a gente de su país para que se labre un futuro al volante por la capital de España. El efecto llamada para ese colectivo es muy similar al que llevó a los sanabreses a colonizar gran parte del negocio.

Román Rodríguez escucha a sus compañeros de mesa e interviene para seguir dando datos. El sanabrés menciona el origen y el desarrollo del sector en el siglo XX, los modelos más comunes de taxis en cada década, los cambios de combustible o de los sistemas de seguridad, las distintas asociaciones y mutuas más o menos controladas por los zamoranos y las historias de la gente. Al final, con casos como los ya citados es como se va construyendo el relato del conjunto.

De izquierda a derecha, José Javier Alonso, Román Rodríguez, Ana Belén Rodríguez y Juanjo Martínez. Foto Emilio Fraile.

También con experiencias como la de Juanjo. A los 17 años, este hombre vino a probar a Madrid desde Santa Colomba. Primero, como camarero. «En ese trabajo, veía que los taxistas venían a jugar a las cartas y yo no podía, así que dije: pues a esto. Además, es un negocio en el que, si quieres ganar más, pues trabajas más y ya esta», resume, pragmático, este veterano del sector, que arrancó en 1984 conduciendo para otro, luego se puso por su cuenta y ahí sigue.

Eso sí, como en casi todo en la vida, tuvo que superar varios obstáculos. Los préstamos, las letras, las horas y los sinsabores: «Pero tú no sabes de dónde veníamos. Aquí te sientas, pones la calefacción, no pasas frío, conduces y ya está», simplifica Juanjo, que afirma que, bien trabajado, el taxi te permite tener «cierto estatus, cierto nivel de vida». Por eso, sus hijos siguen sus pasos. Lo hacen gracias a la compra de una segunda licencia. El profesional de Santa Colomba lo cuenta y se emociona hablando de la ayuda de Román en ese camino. Otra más.

El esfuerzo y la pasión

Al cierre, la conversación gira hacia la cultura del esfuerzo y la capacidad de echar horas para salir a flote de todos aquellos que luego, en agosto, llenaban Sanabria de taxis. Aún en algunos pueblos se siguen viendo aparcados esos vehículos profesionales en el tiempo en el que Madrid se vacía y el mundo rural se llena. En la mesa, también se percibe la vocación, el amor por una profesión que a muchos se lo dio todo. Román Rodríguez, que ha alcanzado la cúspide laboral como directivo de una empresa, no duda en definirse primero como taxista. De Zamora y de Madrid. Su hija recuerda la brega de su padre, los días de fiesta a la espera, los momentos difíciles en la familia en los que aquel negocio sirvió para empujar hasta donde se pudo. También el espíritu de servicio.

Poco a poco, la presencia de Sanabria y Zamora en el taxi de Madrid se irá diluyendo. Quedará como un recuerdo de lo que fue un agarradero para quienes emigraron. Sus descendientes se dedicarán a otra cosa, cambiarán de aires y venderán las licencias llegado el caso, pero la tarea de quienes echaron horas al volante durante décadas perdurará como parte de la memoria de la emigración de la provincia a la capital de España. Y Juanjo, Argelia, José Javier, David, Manuel o Román son parte de esa historia.

Manuel Herrera

Periodista y politólogo. Máster en Comunicación y Visualización de Datos.

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