Fuera diluvia, pero dentro de este taller de bordado ubicado en la calle Santa Ana de Madrid, en el centro de la ciudad, funciona eso que las mujeres que están sentadas a la mesa llaman «el calor humano». Por si acaso, una estufa eleva también la temperatura para contribuir al calor hogareño de este lugar donde cada cual se entretiene con lo suyo. En un lateral, una de las alumnas plasma sobre la tela un dibujo que hizo su hija cuando era pequeña; frente a ella, una compañera se esmera para lograr la forma de un árbol y la silueta de unos pájaros; algo más allá, otra trabaja en una pieza para una novia cercana. Todas están enfrascadas en algo.
Mientras, a ratos de pie y a veces sentada, la encargada de coordinarlo todo va respondiendo las dudas: «Yoli, ¿tengo que hacer las puntadas así?», pregunta una de las participantes en el taller. La aludida acude, explica y vuelve al sitio. Poco después, vuelve a ponerse en pie para dar otra indicación. Es parte del día a día de esta mujer, cuyo nombre completo es Yolanda Andrés Andrés y que tiene una historia muy particular detrás. ¿Que por qué la cuenta un periódico de Zamora? Ella misma lo responde nada más empezar la conversación: «Yo nací y me crié en un pueblecito de la provincia que se llama Cubo de Benavente». Lo que viene ahora es cómo llegó desde allí a Carolina Herrera, Loewe o Hermès.

Yolanda lo cuenta desde el principio, una vez las mujeres que tenían la hora anterior en su taller van abandonando el local: «En Cubo, pasé una infancia feliz y tuve la suerte de que mis padres regentaban un colmado. Había de todo, también un montón de hilos, lazos o telas. Incluso, nuestros antepasados cultivaban e hilaban el lino», cuenta la bordadora zamorana, que desde la primera etapa de su vida tuvo un contacto directo con aquello que luego ocuparía buena parte de su trayectoria laboral.
También en el colegio, en la localidad leonesa de Castrocontrigo, Yolanda acudió a clases de bordado. Ya en ese momento sintió algo especial: «Aquello despertó en mí una cosa muy íntima», revela esta mujer, que habla del color y de la meticulosidad como conceptos que le generaban inquietud desde etapas tempranas. A la vista de esos gustos, a nadie le sorprendió que, llegado el momento, escogiera Bellas Artes como formación universitaria.
Yolanda Andrés se marchó a Salamanca, se especializó en pintura y en diseño gráfico y se enroló en una agencia de comunicación. Madrid era el destino y aquella empresa, el sustento. Pero vino «el punto de inflexión». La protagonista de esta historia se quedó embarazada y, en el año 2008, dio a luz a Candela, su primera hija. Hasta ahí todo bien. Aparentemente. La cosa cambia si se añade el matiz de que ese bebé nació tras 24 semanas de gestación. Para salir adelante, tuvo que pasar más de un año en el Hospital Universitario La Paz.
«Dejé el trabajo», resume Yolanda, que se dedicó a cuidar a su hija mientras esta se hallaba «entre la vida y la muerte». «Y, en el silencio del hospital, retomé los hilos», aclara. En realidad, esta mujer de Cubo de Benavente nunca había dejado de bordar, pero en aquel periodo de ingreso de Candela y en los años posteriores, con dos hijos más en poco tiempo, produjo a unos niveles inéditos hasta esa fecha. «Generé obra», constata la bordadora.

Claro, tampoco se le había olvidado lo del diseño gráfico. Ni la experiencia como comunicadora. Y, de repente, se popularizaron herramientas como Instagram. La tormenta perfecta. «Fue como un cúmulo de cosas, algo inesperado del todo», admite Yolanda, que comenzó a bordar sobre todo «por evasión» y que, superada la crisis familiar, empezó a percibir que su entorno y sus amistades veían potencial en aquellas creaciones, particularmente en las piezas con forma de retrato. «Y, entonces, lo exploté», constata la zamorana.
Yolanda Andrés se creó su perfil en Instagram, comenzó a colgar cosas y fue recibiendo encargos. «Nunca pensé que fuese algo vendible», reconoce. Pero vaya que sí. Aquello sucedió a partir de 2013 y, en 2014, arrancó con el taller. Pero un hito destaca por encima del resto tras aquella etapa inicial: la llamada de Carolina Herrera. La marca contactó con ella tras una exposición de bordados que la zamorana hizo en una pequeña galería de Chueca. La firma de moda quería vender bolsos hechos a mano y se fijó en su talento. «Aquello fue un impacto, claro», concede la protagonista.

«Una vez estás con esa marca es más fácil llegar a las demás», recalca Yolanda, que ha ido trabajando desde entonces con ese y con otros sellos como Hermès o Loewe. Con ese último, viajó el año pasado a Oriente Medio para hacer exhibiciones de bordado en directo. Toda una experiencia, como admite la propia interesada, que ahora da clases en un máster de moda en Salamanca, que sigue vendiendo sus creaciones de forma directa y que funciona a pleno rendimiento con el taller al que acuden mujeres como las que aparecen en las fotografías de este reportaje.
Gente con inquietudes
«La mayoría de la gente que viene tiene inquietudes artísticas. Otros buscan relacionarse y luego hay personas que simplemente quieren aprender a bordar», comenta Yolanda, que tiene unos 70 u 80 alumnos en estos momentos. En distintos turnos, por supuesto. «Es un pico, porque tenemos los propósitos de Año Nuevo», ríe la creadora de Cubo de Benavente, que apostilla que, cuando pega el calor, cuesta mantener esas cifras. Mientras, es costoso llegar a todo: «He formado a tres o cuatro chicas que me ayudan», matiza la dueña del negocio, pero su presencia vende. Hay que estar encima.

En cualquier caso, resulta evidente que a Yolanda Andrés le va bien. El suyo no fue un giro de vida voluntario, pero sí provechoso. Y, lo más importante, ahí está Candela para verlo. «Ella es una artista y va a hacer Bellas Artes ahora», apunta orgullosa la madre, que también mira a quienes la criaron, a Primitivo y a Ascensión. De su mano nacieron las inquietudes que brotaron luego entre las cuatro paredes del hospital antes de florecer en Instagram y en aquella exposición en la que Carolina Herrera se fijó en su talento. De pequeña, esta mujer se aprendía el catecismo en el colegio para que la dejaran ir a bordar. Ahora, sabe que ese y otros esfuerzos valieron la pena.
