La señal impresa de las ruedas sobre la nieve muestra que es posible transitar por el camino que conduce al paraje conocido como La Cueva de Fresno de la Carballeda desde Mombuey, pero mejor hacerlo en todoterreno. Hay que saber leer las situaciones. Si uno contempla el panorama, resulta evidente que la borrasca Ingrid sigue activa. Ya no es el sábado igual que el viernes, pero todo sigue teñido de blanco: el sendero, los árboles, las piedras y hasta la infraestructura ferroviaria que queda a mano derecha. A eso de la una de la tarde han vuelto a caer algunos copos y la temperatura mantiene intacto el escenario níveo de las últimas horas.
La belleza se mezcla con la exigencia de moverse con precaución. Y así lo hace Francisco Alonso, el hombre que va al volante. Este apicultor de Mombuey es el guía en una ruta por las colmenas – sus colmenas – en la nieve. Allí, en los parajes a los que se dirige el vehículo, están los hogares de las abejas, cubiertos también de blanco. En una vista cenital, solo la perfección de la hilera y la forma marcadamente cuadrada de las cajas diferencia las habitaciones de los insectos de otros elementos propios del monte.

Antes de poner un pie en la zona, Alonso empieza a responder preguntas. Aquí, se trata de analizar qué sucede con las colmenas, y por ende con sus habitantes, cuando caen nevadas de esta índole: «Lo primero que quiero decir es que esto es algo bueno. Agradeceríamos que hubiera más. Son buenos augurios para la próxima campaña, se recargan los acuíferos y es vida para el campo», subraya el apicultor. Eso, por delante. Pero hay matices. O comportamientos que uno puede evitar si quiere salir indemne del temporal.
Y la clave aquí es «no limpiar las piqueras». Para entender eso, mejor acercarse a pie de colmena. La piquera es la zona de entrada y salida de las abejas, un pequeño listón metálico colocado en horizontal con unos orificios. Cuando se produce una nevada como la de estos días, la repisa que se sitúa justo debajo de esos agujeros se llena de nieve e impide la entrada y salida de los insectos. «Las abejas tienen que ir al exterior a hacer sus necesidades. Si pueden, todos los días», aclara Francisco Alonso. Pero si el panorama está teñido de blanco, mejor que se queden dentro.
El apicultor de Mombuey aclara que las abejas pueden resistir «siete o diez días tranquilamente» sin salir al exterior para esas evacuaciones. «Si se van fuera con la nieve, lo primero que puede pasar es que tengan problemas de desorientación», apunta Alonso. La bucólica estampa pintada de blanco puede confundir a los insectos, incapaces en algunos casos de retornar a la colmena. Pero es que lo segundo que les puede ocurrir es aún peor.

«Si por algún motivo la abeja se posa en el suelo, sobre la nieve, ya no es capaz de remontar el vuelo», asevera el experto de Mombuey. Los insectos quedan atrapados y se congelan. Hay ejemplos por el terreno esta mañana en el citado paraje ubicado entre Mombuey y Fresno. En las colmenas cuyas piqueras han quedado destapadas, se han producido muertes de los ejemplares que, animados por algún rayo de sol, habían decidido exponerse al exterior y posarse a unos metros del hogar. Error fatal.
«A veces sucede que hay gente que pasa andando por las colmenas, ve que están llenas de nieve y te hace el favor de quitarla. Pero pedimos que no se haga eso. La propia naturaleza se autorregula», sostiene Alonso, que destaca que este es un error muy común también entre los propios apicultores que no tienen demasiada experiencia en la materia o que se ubican en zonas donde el invierno no suele dejar estas estampas.
Más allá de eso, alguien se preguntará: ¿Y cómo sobreviven las abejas dentro de las colmenas con este frío y esta nevada? La respuesta sencilla es la siguiente: «Están perfectamente preparadas». La más elaborada añade que la abeja melífera, una especie autóctona de Europa, está acostumbrada a los inviernos crudos. En el momento en el que termina el otoño y la reina deja de poner huevos, la colmena se queda sin crías y las abejas montan lo que se llama la piña invernal.

Alonso cuenta que eso consiste, básicamente, en que las abejas se concentran en un punto de la colmena donde forman una especie de pelota y entran y salen del interior al exterior, constantemente en movimiento. Las abejas baten las alas, se rozan y van generando temperatura. En la parte central de esa piña, «nunca se baja de unos quince o dieciocho grados, incluso en días muy fríos», afirma el apicultor, que resta importancia a la presencia de la nieve dentro de ese escenario. También hay heladas fuertes otros días y el panorama es el mismo.
En tema de nevadas, lo preocupante sería toparse con quince días o más de temporal, algo hartamente improbable en estas zonas. Ahí ya podrían producirse problemas relacionados con las evacuaciones en el interior de la colmena y las consecuencias negativas derivadas de ese comportamiento poco higiénico. «Si tienen la nieve, ven que no pueden entrar ni salir. Si son pocos días, no les supone ningún problema», insiste Alonso. Es más, puede hacer «un efecto iglú» favorable para la temperatura de la colmena.
Montones de nieve
Sobre el terreno, se pueden poner imágenes a las explicaciones de Alonso. Desde algunas de las piqueras libres de nieve salen abejas que se pierden en el horizonte o – peor – que se posan a un metro de la colmena y son incapaces de volar de nuevo. El apicultor hace el ejercicio de amontonar parte del manto blanco sobre la entrada de las colmenas para evitar que eso se repita. Luego, regresa al todoterreno para acabar haciendo lo mismo en otra hilera ubicada en el entorno de El Carquisal, ya metido en Fresno de la Carballeda.

El viaje de retorno sigue exigiendo cuidado, pero permite la contemplación de la belleza. «La fauna salvaje y el ganado lo sufren algo más, pero también están acostumbrados. Esto ha pasado toda la vida», remacha Alonso, que avisa de que, quizá, entre semana vuelva a caer otra nevada. Las abejas la aguantarán sin problemas en su piña invernal. Solo tienen que quedarse dentro.
