La búsqueda lejos de los focos empezó hace dos años. Lo que puede ver la gente se concretó el sábado 10 de enero. Sucedió en Rihonor de Castilla y en Rio de Onor, dos partes de un mismo pueblo. Un lado es español, sanabrés; el otro, portugués, trasmontano. Allí, antaño, por el día de Reyes, cada barrio celebraba su mascarada de invierno en dos fiestas que terminaban por confluir. Fueron muchos años de tradición, hasta que pasó lo de siempre: la gente se marchó y el ritual dejó de representarse. Primero, se abandonó en el lado zamorano; después, en el luso, empezó a debilitarse peligrosamente. La vela de la memoria corría el riesgo de apagarse y, entonces, apareció Daniel.
Así se llama el primer protagonista de esta historia, que se apellida Boyano y que es el presidente de una asociación llamada Cryosanabria. Ese colectivo funciona con el objetivo de mantener y recuperar el patrimonio natural y cultural de los pueblos de la comarca, y su máximo responsable está directamente implicado en la faena de retomar las tradiciones que se perdieron o se dejaron de celebrar. Lo que cayó en el olvido ya es más difícil de rescatar.
El caso es que la mascarada de Rihonor se cruzó en su camino. ¿Pero cómo recuperarla? Para eso se necesitan muchas horas a fondo perdido, la implicación de la gente y la memoria de quienes lo vivieron. Pero paso a paso: «Lo primero es buscar información en fuentes indirectas, que pueden ser artículos, fotografías, cuadros y algún libro. Eso sí, sobre todo, lo que hay en las iglesias», explica Daniel Boyano.
Esa última parte tiene cierta gracia, porque lo que encuentra gente como el presidente de Cryosanabria en la documentación religiosa tiene que ver con la justificación que hacía la Iglesia para tratar de prohibir las mascaradas. En esa argumentación, los censores hacían un repaso de los personajes, de sus atuendos y de sus rituales paganos: «Muchas veces he aprovechado esta información», admite Boyano, que fue entendiendo por ahí cómo funcionaba aquella tradición perdida en Rihonor. Pero quedaban las fuentes directas.

Boyano y la gente que fue reclutando para la causa hablaron con vecinos de Portugal, pero sobre todo con veteranos de la parte española, personas de entre 90 y 100 años que fueron decisivos para entender el significado de los trajes, de los ritos, de los participantes o de los aguinaldos. Así se enteraron, por ejemplo, de que los vecinos entregaban productos de la matanza, aguardiente o vino, y que la gaita sonaba por el pueblo. También, que se decían unas loyas a modo de resumen de lo que había pasado en el año. Eso último, de momento, no se ha recuperado.
Sí, el resto. Y se ha hecho en dos años porque la gente se animó, porque el Ayuntamiento de Pedralba de la Pradería, del que depende Rihonor, apoyó la idea y porque los propios participantes se sumaron a los talleres para hacer los trajes de cero en base a las fotografías, los relatos de las entrevistas y lo visto en la parte portuguesa. «La idea ahora es que permanezca», asevera Boyano, que ha tenido una importante aliada en una mujer llamada Jimena Acuña.

Ella, Jimena, es vecina de Rihonor desde hace diez años. Una de las doce personas que viven de continuo en el «barrio español». De origen chileno, enseguida quiso implicarse. Y sabía con quién hablar. ¿Recuerdan que Daniel mencionaba personas de entre 90 y 100 años como parte de las fuentes directas? Pues bien, el hombre que cita su compañera se sale de la franja por arriba. El tipo en cuestión responde al sobrenombre de Manecas, tiene 101 cumplidos y conserva la memoria «de maravilla».
Manecas, que va al pueblo habitualmente, pero que reside en Barcelona, les contó mucho acerca de la mascarada: «Se acordaba de todo», constata Jimena. Los promotores de la recuperación del ritual conservan la entrevista que le hicieron a este hombre como un documento que garantiza que parte de la memoria de la mascarada quedará ahí. Pase lo que pase a partir de ahora. Además, otras vecinas veteranas como Olinda o Carmen confirmaron sus palabras.
Los testimonios permitieron que Daniel, Jimena y el resto del equipo sumaran algunos detalles en relación al uso de un hierro y no de un bastón por parte de determinado personaje, al material y el color de las máscaras o al tipo de ropaje. Con todo hilvanado, la fecha escogida para representarlo fue el 10 de enero. No en Reyes, porque la idea ahora es que la fiesta del barrio español y la del portugués sea una sola, y el día 6 del mes no es festivo en el lado luso.
«Quedamos muy contentos de cómo se dio. Yo salí con mi hijo Nahuel, que tiene 14 años y fue probablemente el más joven. Lo disfrutamos muchísimo», celebra Jimena, que no esperaba un arranque «tan multitudinario» ni tanto apoyo de los propios vecinos en las casas. «Aquí lo que hay que hacer es sumar. En esto y en todas las actividades que se hacen», defiende la chilena afincada en Rihonor de Castilla.
Otros procesos
En paralelo a todo esto, Daniel Boyano apunta que «en la búsqueda de información» para recuperar otras mascaradas hay varios frentes abiertos. Por ejemplo, en La Tejera, en San Ciprián de Hermisende, en Lubián o en Santa Colomba. También en otro rincón de Sanabria, en Triufé, ya han conseguido asentar el ritual tras diez años de trabajo.
Fuera de la comarca, otras personas también trabajan en pos de devolver a los pueblos tradiciones de esta índole, al abrigo del repunte de la popularidad de las mascaradas. En Figueruela de Arriba y en otras zonas de Aliste, esa tarea va avanzando.
