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Del paraíso

He pensado en la desolación que sentirían Adán y Eva cuando aquel dios los expulsó del paraíso, aquel dios que, con todo lo cabrón que era, no le prendió fuego. A ambos se les concedió soñar que volverían a verlo.

por David Muñoz Mateos 31/08/2025
David Muñoz Mateos 31/08/2025
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Dos personas caminan por el Cañón del Forcadura. Foto Paloma V. Escarpa.

Hace dos semanas te escribía otra postal desde París. En ella, te hablaba de un jardín en el que suelo sentarme al caer la tarde. Un jardín modesto, que frecuentan únicamente los vecinos del barrio. Un jardín pequeño, con un parque infantil y una vista inigualable sobre las afueras de la ciudad. Observaba la agitación de los árboles y la agitación de los paseantes y me decía que, si existe algo parecido a un paraíso, estaba ahí. Entonces, cuando estaba a punto de mandarte la postal, vi el fuego.

Mi vida nunca estuvo salpicada de tantos momentos, digamos, paradisíacos, como durante los cuatro años que viví en Sanabria. No soy el único al que le ocurre. Las escogidas, escasas mañanas de mayo en que la doble floración de las urces y las carqueisas cubría de violeta y amarillo el valle de Trevinca, bajo cuya cima asomaban aún tres neveros blancos, fulgurantes. Los amaneceres en los que el sol caía lentamente sobre las laderas de la sierra hasta que se desperezaban los circos glaciares y las turberas húmedas donde pastaban las vacas. Las tardes entre cascadas y pozas de agua helada, sobre cuya superficie oscura volaban libélulas de alas traslúcidas y caballitos del diablo verdes y azules; o en las lagunas solitarias del Pico del Fraile, junto a un coro de batracios que parecía burlarse de mí. Los avistamientos desde Tres Burros de las águilas que sobrevolaban los valles de La Cabrera y los bosques en torno a los arroyos, enseñando el vuelo a sus crías; las travesías por la nieve de la Plana acompañado por el canto de un único pájaro solitario, detenido sobre las ramas de las escobas que escapaban a la blancura, mientras el sol se ponía sobre el Moncalvo. Los paseos otoñales entre robledales que parecían despertarse con una amalgama de crujidos: la pisada en el camino, la caída de una hoja o el quebrarse de una rama, el corzo sobresaltado. Las noches en que brillaba la luna llena sobre la laguna de Yeguas y se confundían las formas de la roca y de la vegetación en un conjunto de destellos abruptos. Algunos instantes veloces, casi sobrenaturales, en que surgía la huella de un lobo a la orilla del camino.

Eran momentos hechos de luz y de fauna, de agua y vegetación, en los que todo parecía encontrarse en su sitio y responder a un orden propio, exclusivo del paisaje. No era difícil decirse que uno también respondía a ese orden, que uno también estaba en su sitio. Eso es lo que tienen los paraísos. Son enormemente hospitalarios, su generosidad no conoce medida. Abren sus puertas de par en par y ya quedamos convertidos en meros trazos sobre la ladera, detalles en la extensión del valle. Salimos más hermosos, más ricos, más felices en las fotos. Tal vez lo somos.

Estos días, mientras veía cómo ardía Sanabria y desaparecían todos los momentos paradisíacos —porque los momentos son lugares, configuraciones espaciales irrepetibles, y también pueden desaparecer bajo el humo y las llamas, igual que nosotros—, he pensado varias cosas.

He pensado que no sabemos responder a la generosidad de los paraísos. Que nos preguntamos qué pueden darnos y no qué necesitan de nosotros. 

He pensado en lo que dice el poeta William Wordsworth en el poema «Tintern Abbey»: la naturaleza jamás traicionó el corazón que la amaba. En realidad, la naturaleza es incapaz de traicionar, pues no conoce la doblez ni la alevosía. Los traidores son otros.

He pensado en la desolación que sentirían Adán y Eva cuando aquel dios los expulsó del paraíso, aquel dios que, con todo lo cabrón que era, no le prendió fuego. A ambos se les concedió soñar que volverían a verlo.

Y he pensado, por último, que no le había hablado de esos instantes y de esos lugares a casi nadie. Ahora los describo aquí, por si acaso las palabras sirven para conservarlos.

David Muñoz Mateos

David Muñoz Mateos Zamora, 1988. Es traductor editorial y profesor de español en la Sorbona 1, en París, donde reside. En 2016 publicó la novela «Felipón», en la editorial Caballo de Troya.

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