La carretera que conduce a San Ciprián desde Trefacio es estrecha y sinuosa. Exige precaución para quien no la controla. Y más en estos días, con el tránsito incesante de vehículos de extinción en ambas direcciones. Los efectivos van y vienen para seguir defendiendo una localidad dos veces evacuada por el incendio de Porto. Incluso la UME irrumpe con dos de sus coches calle arriba desde la entrada. La escena se puede contemplar a primera hora de la tarde de este jueves 28 de agosto, cuando aún pesa sobre el pueblo la recomendación de que los vecinos permanezcan confinados allí. Sobre todo, para no entorpecer a los bomberos en su ajetreado camino por la calzada.
Desde una de las varias zonas altas que tiene el pueblo en su casco urbano se puede contemplar la parcela donde se han apostado los efectivos de la UME y es fácil ver también a los aviones y a los helicópteros que viajan y descargan sobre las columnas de humo. Una aparece difuminada al fondo, del lado de La Baña; algunas más, de menor tamaño, se ven sobre la ladera del otro lado, más cercana al pueblo, donde las llamas amenazaron hace unos días. Los medios aéreos hacen ruido, alteran, recuerdan que la faena sigue en marcha. Y viene de largo. El primer desalojo vino el 18 de agosto.

Con ese telón de fondo, por las calles de San Ciprián, aunque el sol vespertino reconforta y no hace sudar, apenas se ve un alma. Ya en una de las salidas del pueblo, una mujer se asoma para llamar al perro e indica el lugar idóneo para fotografiar el rastro de las llamas con una perspectiva adecuada. Allí, en el lugar sugerido con tino por la vecina, hay otra paisana paseando. Su nombre es Josefa Sánchez, y no es la primera vez que el periodista y ella se encuentran.
La primera charla tuvo lugar en 2021, después del temporal Filomena, todavía con el rastro de la nieve en las calles del pueblo. En aquellas, Josefa apuntaba que la localidad no se había podido limpiar como antaño porque faltaban manos jóvenes. «Por aquí somos tres y yo ya no me valgo», decía la señora, que entonces tenía 88 años. Han pasado cuatro y medio y la vecina de San Ciprián confirma las cifras: «Ahora son 92». Sigue sin valerse para las tareas de retirar el hielo o proteger a la localidad contra el fuego, pero aquí está. Igual de entera. También habladora.

Josefa cuenta que, en toda su vida, no ha visto un fuego como este por la zona. Los datos la respaldan, desde luego. También revela que hizo un amago de marcharse de casa esta semana con su hija, pero que vio que su vivienda no corría peligro y se quedó. Desde la calle de abajo, en el horizonte, todavía se atisba parte de la zona por la que corrió el fuego. No llegó a las casas. Ahora, la mujer celebra que, desde este jueves, ya puede entrar el frutero. Un síntoma de normalidad para una pequeña localidad de 52 vecinos censados que ya renuncia al ajetreo del verano y que solo demanda la paz de la rutina.
Lo cuenta Emilio Ballesteros, el hombre que tenía el bar La Plaza en el pueblo. Antes de llegar a su altura, se pueden ver algunos detalles por San Ciprián. Por ejemplo, un bando con recomendaciones para actuar ante el peligro del fuego, y varias viviendas de uso turístico y alguna casa rural que han de haber padecido lo suyo. Incluso, alguna otra paisana, como Onelia Tábara, que tira de pragmatismo para resumir que las llamas no llegaron a la localidad y que sigue adelante con la fiel compañía de su perro, un animal ciego y sordo. Pero que no se marcha de su vera.

De vuelta con Emilio, el hombre llega sonriente, con camisa de cuadros y gorra de Caja España. Su pasado de hostelero le convierte en alguien conocido por estos lares; su vida en el pueblo le da conocimiento y contexto sobre lo que ha pasado: «El fuego nos vino por ahí», señala el vecino rumbo a la zona que se veía con nitidez desde la casa de Josefa: «Bajó para nuestra sierra y se nos metió al monte y hacia las tierras que antes se sembraban de centeno. Ahí lo cortaron», explica.
¿A cuánto de las casas? «Cerca de un kilómetro, no llegaría», replica Emilio, que gira la cabeza hacia el lado contrario para hablar de la otra humareda que se percibe en la lejanía: «Ahora nos salió ahí arriba, al lado de La Baña», apunta el vecino de San Ciprián, que recalca que las llamas «han cogido algo de terreno» de la localidad y también «un poco de Murias». «Por lo menos ahora no tenemos humo, nada. Esta mañana había bastante más y otros días…», desliza el hostelero jubilado.
Emilio Ballesteros también dice que la gente va saliendo de San Ciprián por necesidad. Para ir a la compra o a por los medicamentos. Sin pasarse. No es saltarse la recomendación por saltársela: «De momento, estamos recuperando un poco la vida de antes, pero mirando con un ojo para delante y con otro para allá», advierte el hombre, que coloca el dedo en dirección a los lugares que, en ese instante, refrescan los helicópteros.

Del barullo a la quietud
Este sanabrés piensa también en lo que podría haber sido esta crisis para él de tener abierto aún el bar: «Ahí sí que me la lía», concede Emilio, que mira con solidaridad a los compañeros de Vigo o de San Martín de Castañeda. También a los negocios de turismo de su propio pueblo: «Se fue mucha gente», subraya el vecino. «Antes del fuego había aquí más barullo que en la guerra y ahora estamos igual que a partir de septiembre. Quedan algunos más que en el invierno, pero ya somos casi los de siempre», aclara.
En ese punto de la conversación, una mujer avisa a Emilio: «Cuidao, que te están grabando». El ríe antes de dar por terminada la charla. Mientras se coloca para la foto, los helicópteros y los aviones vuelan, y dos vehículos de la UME pasan calle arriba. San Ciprián busca la normalidad, pero el fuego todavía patalea.
