Anas Maaizi tiene 26 años, pero ya guarda unas cuantas vidas en la mochila. Por contarlo rápido, este hombre nació en Casablanca (Marruecos), estudió para mecánico de aviones y emigró para buscarse la vida como fuera en Canarias, en Madrid y en Valladolid, antes de poner un pie en la provincia de Zamora. Aquí, con pocos aeroplanos y bastante sector agroalimentario, tuvo que apartar su vocación para dedicarse otros menesteres. La oportunidad le llegó en Moralejo Selección.
El protagonista de esta historia acabó por agarrar en el matadero de esta empresa del ovino y comenzó a dedicarse a un sector del que no había querido saber mucho hasta entonces: «Todos mis tíos eran carniceros, pero yo no lo cogí», explica el joven norteafricano, que va cogiendo confianza mientras cuenta, a pesar de alguna pequeña dificultad con el idioma, y que admite que el sendero le condujo al final hasta un lugar al que parecía predestinado por herencia familiar.

Y es que, mientras cogía experiencia en la empresa, hacía un poco de capital y arrancaba la vida en Zamora, Anas fue viendo que se abría ante sí una oportunidad: la ciudad carecía de una carnicería musulmana. Sí había en Salamanca o en Benavente, pero no en un municipio de más de 60.000 habitantes con una comunidad islámica creciente. Con el conocimiento y la visión, solo faltaba el empuje. Y el marroquí no se arredró.
Alguno se preguntará qué diferencia a una carnicería musulmana de una de las de toda la vida, más allá de la lógica ausencia de productos derivados del cerdo, un animal que tienen prohibido consumir quienes profesan esta creencia. Anas trata de explicarlo: «Nosotros matamos al animal por religión, y la diferencia principal es que sangra más; casi un 90% sale del cuerpo», señala el profesional marroquí.
La suya es, por tanto, una carnicería «halal», con productos procedentes de animales sacrificados según los ritos prescritos por el Corán. «Todo el mundo puede venir y comprar el género, pero especialmente los musulmanes, porque en esta zona es difícil de encontrar», apunta Anas, que recalca que, antes de la apertura de su negocio en la calle Libertad de Zamora, los musulmanes de la ciudad se iban hasta Salamanca o Valladolid: «Nosotros no podemos tomar cualquier carne», insiste.

En su caso, el proceso exigido se desarrolla en un matadero de la ciudad en el que actúa él mismo o se sirve del apoyo de otro chico que trabaja allí: «Por ejemplo, hoy me fui yo a matar las terneras», asevera Anas, que llegó a Zamora en 2021 y que decidió arrancar su proyecto en un local que siempre había sido una carnicería. La parte del letrero que todavía se mantiene de antaño delata esa circunstancia. Las gentes del barrio de toda la vida lo pueden atestiguar.
De hecho, Anas le alquila el local al dueño anterior del negocio: «Jesús me manda a la gente para aquí, porque la conoce de toda la vida. No tienen por qué ser musulmanes», insiste el emprendedor, que decidió estrenar su proyecto de cara al Ramadán. «En ese mes, la venta ha estado a tope, la clientela quiere comprar casi todo», afirma el marroquí, que hace un buen balance de las primeras semanas, aunque concede que «ahora ha bajado un poco».
Clientes hasta de Portugal
Aún así, su elemento diferenciador le da una ventaja importante. Y no solo con musulmanes que viven en el entorno: «Me viene gente hasta de Bragança, porque no hay ninguna carnicería halal por ahí cerca. También de Tábara o de Puebla de Sanabria», destaca Anas. Él mismo va y viene a diario desde esa última localidad hasta la capital de la provincia, algo que se le ha hecho particularmente cuesta arriba en el mes que ha estado sin comer durante las horas de sol, como marca el Ramadán. Pronto buscará un piso más a mano.
El carnicero marroquí da todas estas explicaciones desde el interior de su establecimiento, que tiene la carne en el mostrador, pero también una importante variedad de otros productos de proveedores marroquíes que no son sencillos de encontrar en otros lados. «Todo viene registrado y con permisos de Sanidad», aclara por si acaso Anas, que repasa las especias, las levaduras, las harinas, la miel, el pan, los tes o los dulces que exhibe en su tienda.

El tema de los dulces en concreto llama la atención por la cantidad, aunque el dueño del negocio recalca que se trata de algo coyuntural. Recientemente, los musulmanes celebraron la fiesta del final del Ramadán, un desayuno por todo lo alto, y estos productos son típicos en el festejo.
Cuando Anas sale de la tienda para la foto, un cliente pasa y sonríe mientras ve al dueño de la tienda en actitud de posado. Eso sí, rápidamente se pone serio para certificar que el producto que despacha el marroquí es de calidad. No hay traición a la confianza en la respuesta. Al final, la Carnicería de Amigos, el nombre escogido por su impulsor y único trabajador, se llama así por algo.