El sol de la primavera ilumina, al ras del mediodía del jueves, las calles de los pueblos que clamaban por la ausencia de electricidad al anochecer del día anterior. Sucede en Cobreros, en la cabecera del municipio con más anejos de Zamora, donde las vacas o los caballos se alimentan en paz, apenas el paso del panadero rompe la quietud y las gentes se dividen entre las que se resguardan en casa, aprovechan el tiempo para hacer hambre en el paseo o atienden las jeras.
En el último grupo hay que ubicar a Nati Carracedo, que se siente de este rincón de Sanabria, aunque nació en otro: arriba en Murias. Ahora divide el tiempo entre el pueblo donde en ese instante echa el abono y Guadalajara, el sitio de los inviernos. Eso cuenta la mujer después de explicar que lo de los cortes de luz altera a los vecinos: «El año pasado ocurrió tres días consecutivos», lamenta la sanabresa. Este 15 de abril fueron unas cuatro horas. Desde las siete de la tarde hasta las once de la noche.

Y esta vez no había fenómenos meteorológicos adversos: «No había nada», recalca Nati. El corte en Cobreros y en otros pueblos de la contorna se une a los que han padecido en este invierno otras localidades de la comarca. En la zona de Vigo o de San Martín de Castañeda, la falta de suministró llegó a durar unas nueve horas hace un par de meses. Esto ocurre en zonas con población envejecida, con mayores que viven solos y con la esperanza de la repoblación puesta, entre otras cosas, en el teletrabajo. Y estos nómadas, los digitales, necesitan luz eléctrica fiable como primer básico.
En Cobreros, además, hay problemas con la cobertura móvil que ofrecen algunas compañías. Por ejemplo, Movistar. Eso provoca que los vecinos contraten los servicios con otras empresas, pero los que reparten por la zona, ya sean los de los congelados o los del gasoil, no están adaptados a esa circunstancia. Según Nati, el asunto provoca que, para hacer pagos con tarjeta, muchas veces haya que subir con el repartidor de turno hasta la zona del ayuntamiento a coger la señal. Pequeños inconvenientes diarios.

Un poquito más allá, siguiendo la carretera, aparece la pequeña localidad de Avedillo. Si en Cobreros hay 74 censados, aquí apenas quedan 10. Pocos, pero con derechos, como defienden ellos mismos. Allí, por la ventana abierta de un balcón verde, asoma Álvaro Rodríguez. Él fue uno de los que llamó a Unión Fenosa por el apagón. Han pasado horas, pero sigue encontrando versiones contradictorias sobre lo que sucedió con esta incidencia que no es algo aislado.
De hecho, el año pasado, Álvaro estuvo teletrabajando en Avedillo y sufrió la aparición casi constante de pequeños cortes de luz que no se prolongaban como este, pero que resultaban molestos para desempeñar cualquier tarea o para disfrutar de parte del ocio hogareño. A la vera de este hombre aparecen pronto María del Carmen Fernández y Violeta Rodríguez, que ironizan con la posibilidad de tener que disponer de velas de las de antaño para disfrutar de la fiabilidad de lo antiguo y que miran atrás para recordar cómo antes «cada vez que aparecía una tormenta por Mombuey» ya sabían que se iba la luz. ¿Volverán esos tiempos?

Con el panorama actual, Álvaro pone el ejemplo de lo que sucede con determinadas carreteras: «Hay un bache, lo parchean un poco y luego vuelve a salir. Yo creo que eso es lo que pasa con el tema de la electricidad aquí». Aquí, en Avedillo, y un poco más allá, en Santa Colomba, donde Marian Pérez Saavedra y Nazario Rodríguez llevan ya algunos años haciendo la vida. Como los vecinos del pueblo anterior, ellos tienen el domicilio en Madrid, pero la familia y la querencia los han movido a Sanabria.
«Esta es la ayuda al campo»
La gente de Santa Colomba insiste en lo que dicen las personas de otras localidades: no hay explicación para lo que ha pasado. Marian también llamó a la compañía, pero nada: «Esto es tercermundista. Esta es la ayuda al campo», clama la mujer, que apunta que su madre, dependiente 100%, necesita la electricidad, entre otras cosas, para moverse de un sofá que se levanta y se abate con la conexión a la luz. Este miércoles por la noche, para ir a la cama, su familia tuvo que cogerla a pulso.
«También hay mucha gente mayor que usa respiradores», constata Marian, que recalca, visiblemente molesta, que la gente de los pueblos paga los mismos impuestos. También «para el tren». «Y para los médicos». Pero la percepción generalizada es que la atención no es la misma y que lo del apagón de cuatro horas no ha sido algo aislado, sino un tortazo más en una sucesión de golpes.

