«Las rocas y las piedras negras de Sayago son notables y dan un carácter especial a la arquitectura rural de la zona, que las aprovecha con largueza». Esta frase aparece en la obra Las comunidades de España y del Perú, un libro publicado en 1968 que, originariamente, fue la tesis de Antropología Comparada defendida en el 63 por un hombre llamado José María Arguedas (1911-1969). Este personaje resulta difícil de catalogar como parte de un solo gremio. Diremos, para empezar, que se le considera uno de los escritores peruanos más destacados de siempre.
El nombre de Arguedas salió a la palestra en la presentación de la próxima actividad de la Red Sapiense, el colectivo sayagués que defiende las construcciones en piedra seca como algo identificativo y genuino de la comarca. El hombre que citó al antropólogo, etnógrafo y literato sudamericano fue el músico Alberto Jambrina, amplio conocedor de la historia de un hombre que visitó Sayago a finales de los años 50 y que apuntó en su libreta todo lo que vio con sus ojos en aquel rincón de Zamora que nunca consideró «lo último», aunque algunos se empeñaran en encuadrarlo en esa posición trasera.
«Las casas están hechas de la piedra oscura que abunda en los campos. Los muros sin enlucir y las portadas, algunas muy grandes, todas de piedra, dan cierto aspecto ciclópeo a las calles», escribió entonces Arguedas, cuya historia en la comarca y en otras latitudes cercanas como el pueblo alistano de San Vitero, han sido objeto del estudio de personas como Jambrina, que incluso gestiona una página de Facebook para compartir informaciones sobre el autor y acerca de su vinculación con esta tierra.
Este año, además, se conmemora el 115 aniversario del nacimiento de Arguedas, lo que abrirá las puertas a actividades como «El Perú de José María Arguedas», una exposición pictórica prevista para el otoño en el Colegio Universitario; un recital de poemas del escritor peruano y de Justo Alejo en el Etnográfico, ya en noviembre; y otras citas literarias, en este caso en agosto, tanto en Muga como en Bermillo, los lugares de la comarca donde se asentó el antropólogo sudamericano en su estancia.

¿Pero por qué Sayago? ¿Qué llevó a Arguedas a viajar a esta zona de España en pleno franquismo, cuando él era, además, un hombre vinculado a las izquierdas? Todo empieza con una beca de la Unesco. La esposa del autor, Celia Bustamante, le ayudó a gestionar esta oportunidad para viajar a Europa y enriquecer así su investigación para la tesis. Arguedas fue a París, a Madrid y también al oeste de Zamora, donde pasó unos cuatro meses a partir de febrero, según cita Jambrina en su amplio artículo publicado originalmente en la Revista de Folklore.
«¿Por qué elegimos Sayago y Aliste? Según las bases de nuestra beca disponíamos de un mes para estudios bibliográficos en Madrid. Sabíamos que las regiones de mayor interés para nuestro proyecto eran Castilla, Extremadura y las antiguas provincias castellanizadas del reino de León (…). Decidí ir a Sayago, porque las de León, mejor descritas, estaban aisladas por el hielo en esta época del año», cita el propio Arguedas en una obra en la que pretendía comparar la vida en ciertas regiones del Perú con la que existía en aquellas en determinados puntos de España.
En Sayago se topó con una comarca en la que vivían entonces 22.627 personas, algo más del triple que ahora. Todo, en el marco de una provincia con casi 310.000 vecinos, casi el doble que en la actualidad. «Sayago permaneció al margen, en muchos aspectos de su cultura, de la historia general de España durante varios siglos, especialmente en los últimos, y se conservó bastante ajena, incluso a las conmociones políticas que sacuden muy de tarde en tarde a la ciudad vecina de Zamora. (…). Sayago permanece más aislado que otros partidos, o mejor dicho, que otras áreas culturales claramente definidas, formando un universo original que marcha lentísimamente, movido por agentes endógenos, a la manera de una comunidad indígena del Perú», abundó Arguedas.
El autor hizo un análisis de todo lo que vio y lo aderezó con datos y con la descripción de sus propias sensaciones: «El frío no cede a ninguna hora. El sol alumbra pero no calienta nada, o casi nada», lamentó en uno de los fragmentos. Con esas condiciones, y alojado en una posada de Bermillo y luego en otra de Muga, Arguedas se dedicó, básicamente, a hablar con las personas. Con más de 600 en la cabecera, según apuntó Jambrina en una conferencia que dio para la cátedra universitaria José María Arguedas, de la institución homónima en Andahuaylas (Perú).
Los informantes le transmitieron «de manera cálida y dramática» el modo de vida de las comunidades sayaguesas. En una entrevista realizada por Jambrina a un hombre que lo conoció en su tiempo, Jesús Santiago Panero «Cuqui», el vecino cuenta que Arguedas esperaba, en una ventana que ofrecía una amplia vista al pueblo, a las personas con las que habría de charlar. Entre ellas, algunas que repitieron, como Cipriano Escalero. O Ricardo Alonso.
También en Muga, Arguedas entabló relación con la vecindad. Entre otros con la posadera, Felicidad Fadón, que tras la marcha del autor y de su mujer, siguió carteándose con la propia Celia Bustamante. Todo sucedió en aquel 1958 en el que el escritor publicó Ríos profundos, su obra cumbre, y en el que conoció las piedras sayaguesas y una sociedad con rasgos asimilables a las que existían entonces en Perú.
El suicidio y el legado
Arguedas, con tendencias depresivas, intentó suicidarse en varias ocasiones en los años siguientes. Finalmente, lo consiguió tras dispararse en la cabeza a finales del año 1969. Tras él, quedó su legado. También en Sayago, donde personas como Jambrina y asociaciones de la zona como La Mayuela, en Bermillo, o La Muda, en Muga, siguen trabajando por reivindicar su figura. En los dos pueblos hay ahora inscripciones que recuerdan el paso del peruano por estas tierras; por esta piedra negra que sus gentes aún defienden como algo propio, genuino.

