Doce de la mañana del lunes 13 de abril en Benavente. Día festivo en la ciudad. La calle donde se ubica la sede de la Policía Local es una balsa de aceite. Ni un alma. Nada que ver con lo de primera hora. Lo único que recuerda que esto fue un hervidero a eso de las nueve es el cartel que los agentes han pegado sobre el cristal: «Se ha agotado el pan de la Veguilla. Disfruten las fiestas». En apenas un rato, los trabajadores municipales han repartido 1.300 hogazas de unos 250 gramos.
Para quien desconozca en qué consiste esta tradición basta con señalar que, ya en el siglo XIX, según consta en los estudios hechos al respecto, en Benavente se hacía un reparto de panes entre los menesterosos en el día de la Veguilla. Antaño, las gentes con problemas económicos tenían que apuntarse para recibir una de las piezas que elaboraban entre todas las panaderías del municipio y que siempre tenían las mismas características: panes blancos, bregados y de cuarto de kilo o poco más.

Ya hace muchos años que el vale que recibían las personas con dificultades dejó de existir. El reparto pasó entonces a ser algo simbólico. Solo por tradición y no por caridad. También, dejó de ser una función para el grueso de las panaderías benaventanas y pasó a convertirse en un encargo a una sola. Durante años, la tarea la desarrolló la empresa de Vicente Hernando, pero con su retiro el trabajo cambio de manos. Sucedió hace «ocho años o así», según cuenta la mujer que ahora tiene la encomienda.
El nombre de la panadera es Eva Cueto, y la panadería lleva el nombre de Cueto La Fama. La empresa tiene despacho en la avenida del Ferial, en Benavente, pero el obrador y la sede principal se ubican en Villaquejida, un pueblo de León situado a unos veinte kilómetros del municipio donde se hunden las raíces de la tradición. Allí, el trabajo con el pan de la Veguilla comienza unas cuantas horas antes de que las hogazas alcancen las dependencias de la Policía Municipal. El asunto tiene su ciencia.

Lo cuenta la propia Eva Cueto, que aclara que la elaboración comienza el domingo con la preparación de la masa y que señala que, para dar forma a los 1.300 panes de la Veguilla que se hacen cada año, su empresa tiene que contratar a tres personas extra. Esta vez, a dos hombres y una mujer que se han metido a la faena para garantizar la continuidad de la tradición en Benavente. Hacen falta manos y muchas horas en el obrador.
Y es que, más allá de la preparación de la masa, lo que es la elaboración posterior de los 1.300 panes lleva unas ocho horas a los trabajadores, que empiezan a funcionar de manera ininterrumpida a las once de la noche del domingo para tener listo el pan a las siete de la mañana del lunes. Eso incluye toda la tarea propia del oficio más la colocación de 1.300 sellos a mano: uno por cada pan. La tradición exige que el símbolo de Benavente aparezca plasmado sobre la parte frontal de cada hogaza.
«Es mucho trabajo», admite Eva, que señala que, en un día normal, su panadería elabora 400 unidades de este pan blanco para vender por las localidades a las que da servicio. Y es que conviene no olvidar que este es un negocio eminentemente rural. Más allá de jornadas como el lunes de la Veguilla, lo común para Cueto La Fama es viajar por los pueblos de la contorna a atender a gente sin despacho de pan permanente en sus localidades. Un servicio público ofrecido por manos privadas.
Una buena promoción
En cuanto a lo que le ha supuesto a nivel promocional el tema de este pan tan tradicional en Benavente, Eva reconoce que, sobre todo al principio, hubo un impacto positivo. «La gente que lo probó en la Veguilla fue luego a la tienda a preguntar por él», destaca la responsable del negocio. Allí, en el Ferial, recibe a los clientes Nina, que ya pasadas las citadas doce de la mañana del 13 de abril apenas dispone de barras y hogazas. Y eso que – recuerden – las tradicionales del día las reparte directamente, y en exclusiva, la Policía Municipal.

En su sede recogieron el pan de la Veguilla, a primera hora, Ángela Nogales y Gregorio Fernández, que unas horas más tarde caminan hacia la siguiente tradición del día: la petición del Toro en la Plaza Mayor. «No sé cuántos años lleva esto, pero yo tengo 80 y siempre lo he visto», resume él en relación a la hogaza típica del día. Luego, se va cuesta arriba con el pañuelo rojo anudado y la ilusión intacta. Hay rutinas que, aunque se repitan cada año, no dejan de alegrar los corazones de la gente.
