Es abril en Losacio, pero hace calor y Jimena se columpia en manga corta en el parque. A sus tres años y casi ocho meses, lo hace sola, aunque a veces le pide a su madre que le eche una mano. Difícil para la aludida, que tiene que impulsar al tiempo a su hijo menor, Héctor. El niño nació en marzo de 2025, así que aún le falta un tiempo para volar solo. La escena, cotidiana en casi cualquier lugar de España, no se podía ver en este pueblo allá por 2015. Entonces, la localidad contaba con 144 vecinos empadronados, pero ni un solo niño. Ahora se han quedado en 90, pero hay catorce menores de quince. Suena a milagro en Tierra de Alba.
La mujer que empuja un columpio y vigila el otro echa las cuentas y constata que son cinco de su familia: Jimena y Héctor y tres de sus cuñados. Luego, los dos de El Molino, los de la casa rural, y los tres que han venido con la pareja que abrió el bar hace algo más de un año. Esos diez viven de continuo, otros cuatro más están censados y un puñado extra viene de manera recurrente los fines de semana. Por no citar los de la Semana Santa y el verano, claro.

Al final, el resumen es que, entre 2003 y 2015, Losacio no pasó de tener dos niños censados en ningún momento. En 2024, subió a nueve. Y ahora, a catorce. Su porcentaje actual de menores de quince años se acerca al de Roales, Arcenillas o Monfarracinos, los municipios más rejuvenecidos de la provincia. Eso lleva a que sus muchachos sean ahora de los más representados en el colegio de Carbajales de Alba y a que mujeres como Sandra hayan conseguido la apertura de la guardería en la cabecera de una comarca donde ya quedan menos de 1.500 habitantes.
La madre de Jimena y Héctor habla de todo esto mientras admite que la carencia de servicios resulta evidente. La mujer, procedente de Valer, en Aliste, constata que en Losacio hay pocos recursos más allá del bar y que Carbajales tampoco atraviesa su mejor momento. Hace un par de años largos, sin ir más lejos, perdió la gasolinera. Ahora, queda ir a repostar a Tábara o a Zamora. Y, como esos, otros detalles que complican un poquito la existencia.
Pero aún así hay parejas jóvenes con hijos que deciden quedarse. O volver. Lo hizo Manuel Crespo con su pareja Susana Gil. Junto a ellos, se mudaron a Losacio sus tres hijas: Alba, Lucia y Paula, que tienen trece, diez y seis años y que son clave en este crecimiento de la población infantil en la localidad. Esta parte de la historia la cuenta su padre, que nació en la provincia, pero se marchó a Madrid de pequeño. Como tantos. Lo que sucede es que su vínculo siempre se mantuvo fuerte, y el regreso jamás dejó de ser una opción. Hasta que se concretó.

Básicamente, en el otoño de 2024, Manuel se enteró de que las personas que regentaban el bar de Losacio se marchaban. En la Comunidad de Madrid, este hombre trabajaba en una fábrica y daba extras en un restaurante, y decidió que había una oportunidad para cambiar de vida y regresar a su lugar. «Era el momento, porque las niñas se iban haciendo grandes y después iba a ser más difícil», constata el ahora dueño de un negocio llamado Cinco de Copas.
Manuel y Susana se lanzaron. Lo hicieron con cierto temor por el tema de las niñas, pero cualquier atisbo de problema se disipó enseguida. «Ellas ya se quedaban con mis padres aquí mes y pico y, cada vez que se iban, lloraban. Pero no es lo mismo veranear que estar aquí de continuo», apunta el responsable del bar. Para empezar, tocaba cambiar de un colegio con muchos niños a otro con un trato más personalizado. «Ya el primer día que vinieron de Carbajales, se montaron en el coche y empezaron a contar que muy bien», recuerda el retornado. Y así desde entonces.

Ahora Alba, su hija mayor, ya va al instituto a Zamora. Lo hace en taxi de Losacio a Carbajales, porque es la única niña que va, y de ahí en autobús a la ciudad con el resto de los adolescentes de los pueblos que cruzan la carretera ZA-P-1405. Susana, su madre, resalta que pronto tendrá que ir el bus directamente a la localidad, porque habrá suficientes chicos y chicas de la ESO como para que ese transporte acuda. Pero tiempo al tiempo.
Los tatuajes y el agobio
De momento, lo que hay son niños, niñas y parejas jóvenes como ellos con amor por la tierra: «Llevo tatuado hasta un pincho moruno», muestra Manuel, que se bautizó, hizo la comunión y se casó en Losacio. Ahora, también tiene aquí su hogar. «Ya no me vuelvo ni loco. Me agobia hasta Zamora», remacha entre risas el dueño del bar. Fuera, Jimena y Héctor siguen en el parque mientras sus pequeñas bicis los esperan aparcadas al lado. Es abril, hace sol y hay niños en el pueblo. No todo van a ser desgracias.
