Antonio Bermúdez es un tipo poliédrico. Como hombre de fe, ejerce de predicador en la Iglesia Evangélica Filadelfia Pan de Vida. Como padre de familia, tiene esposa, un hijo de diez años y una hija de cinco. Como fan, se reconoce apasionado por el universo Marvel. Y como sueño y sustento hay que hablar de una sola cosa: la peluquería. Antonio también es gitano. Y emprendedor. Y cuenta su historia en las vísperas del 8 de abril.
Como cada año, en esta jornada se conmemora el Día Internacional del Pueblo Gitano, y el Secretariado organiza una jornada de reivindicación identitaria en Zamora. En esta ocasión, los emprendedores romaníes de la provincia verán reconocido su empuje. Entre ellos Antonio, que habla de «un camino muy duro» hasta asentarse en su negocio, ubicado en los soportales de Requejo 24, en uno de los lugares más reconocibles del barrio de Los Bloques.

Desde allí habla el dueño de la peluquería Toño Stark (recuerden lo de la pasión por Marvel) para explicar cómo ha llegado hasta ese lugar. «Lo primero es darle las gracias a Dios. Creo mucho en Él, creo que existe y siento que está detrás de todos los planes», arranca el protagonista de esta historia. Ese es el punto de partida. Luego, lo demás. «Después, mi mujer, que siempre ha estado conmigo. Si hoy tengo una peluquería y un nombre es por ella», admite.
Y es que el camino no ha sido fácil. De la barriada de Rabiche a Los Bloques, pasando por el entorno de la Plaza Mayor. Sin facilidades. Con los estigmas que todavía rodean al pueblo gitano y que lastran las inquietudes de emprendimiento de sus hombres y mujeres. Con todo, Antonio fue adelante. «Trabajé en el Leroy Merlin y luego en un supermercado, pero no me llenaba; sentía un vacío», recuerda ahora este zamorano de treinta años que no se resignó. «Tenía que ponerme a cortar el pelo».
Antonio se lanzó. Primero, durante cinco meses en otra empresa. Luego, con la peluquería propia: «Salté a la piscina y, gracias a Dios, había agua», destaca Antonio, que empezó «con una máquina, un sueño y veinte euros». Ahora, va camino de un año al frente del establecimiento, tiene una cartera de clientes hecha y ha dejado atrás las noches en vela y «los días de estar sentado sin cortarle el pelo a nadie».
«Me voy haciendo un hueco», constata Antonio, que ofrece en su negocio «un ambiente relajado, tranquilo, muy familiar» y para todos. «Como gitano, he notado lo que es el racismo. Aquí, en la peluquería, atiendo y soy amable con las personas de toda condición que vienen, aunque sea solo a saludar», advierte el profesional, que recalca que ha sufrido «muchísimo» los episodios de rechazo por pertenecer a su etnia y que, precisamente por eso, intenta ofrecer un trato aún más «amoroso» hacia cualquiera que le visite.
El «patrón mental»
«Esto es para todo el mundo. Tanto para gitanos como para no gitanos», aclara Antonio, que va venciendo las reticencias en el barrio y que confía en que la población romaní vaya cambiando «el patrón mental» que tantas veces se impone: «En los años 70 y 80, no nos querían en las escuelas y los papás nos cogían y nos llevaban a la venta ambulante o a la chatarra. Así que la sociedad ya nos cataloga dentro de esos grupos», lamenta el peluquero.
Pero la vida cambia. El hermano mayor de Antonio está cursando un Máster para ser profesor, el pequeño ejerce como chófer en Fundación Personas. Y él es «el peluquero de Los Bloques». «Todo es ponerle ganas y que nadie te limite», apunta el protagonista de esta historia, que mira al futuro con ambición y que anhela contar con una cadena de peluquerías en la ciudad. De momento, a la del barrio le dedica toda su energía.
