Once y diez de la mañana del Domingo de Resurreción. La gente espera en la Plaza al Cristo y a la Virgen. Es la hora del Encuentro. Pero a la banda de cornetas y tambores Ciudad de Zamora, que encabeza la comitiva que acompaña a la madre aún enlutada, le queda una misión por cumplir en Renova. Allí se detienen, a las puertas del Horno, el último bar antes de la desembocadura. De su puerta sale un hombre con víveres para los músicos. Es el cocinero del local.
El tipo se acerca con una bolsa y se la entrega a los miembros de la banda, pero quienes portan los instrumentos le piden que se quede. El nombre del cocinero es Antonio Marcos, y hoy le toca homenaje. El protagonista escucha la música entre azorado y emocionado. La pieza que le dedica la banda se llama «el 14», y la elección no es casual. Quien toca el solo lleva por nombre David, también se apellida Marcos y es el hijo del chef del Horno.
Y la parada de David y sus compañeros para tocar está relacionada con un final y un principio. En octubre, Antonio se jubila; deja la cocina después de 50 años de oficio. «Esto quema mucho», admite luego el protagonista, que ha pasado los últimos 30 años de trabajo en el mismo lugar. Por aquí ha visto pasar otras tantas Semanas Santas. «Joder, son agotadoras. Pero hay que vivirlo, hay que estar ahí», recalca el cocinero, que cumplirá 65 años en octubre y lo dejará.
Ahí llega el principio. El de disfrutar. Antonio Marcos, que no sabe qué hará el próximo Domingo de Resurrección, si tiene claro que disfrutará por fin, después de tantos años al otro lado. Su trabajo de tantas ediciones representa bien la paliza que se llevan, en cada Pasión, quienes se dedican a la hostelería en estas fechas. Muchas horas, mucho agobio. Para que los demás disfruten.
Hoy le tocó la doble función. La jera y el goce. Antes de retomar la marcha, su hijo David se acerca para liberar la tensión del momento. «Casi lloras, eh». Él también.
