El crotoreo de las cigüeñas que han anidado en la iglesia de San Mamés es lo que anima esta vez a mirar hacia arriba en la tarde temprana de Viernes Santo en Bercianos de Aliste. Los dos años anteriores, la gente elevaba el rostro para analizar la evolución de las nubes; para tratar de adivinar si el cielo abría o estallaba en lluvia. Al final, en 2024, solo pudo realizarse la ceremonia del descendimiento; y, en 2025, la procesión del Santo Entierro salió a toda prisa y retornó a la carrera cuesta abajo para protegerse del chaparrón. No existe ese riesgo en 2026.
Cuando la gente contempla el espectáculo de las cuatro aves que se posan en la punta más alta del templo, el telón de fondo es la claridad de un día de abril con sol potente en Aliste. La procesión más popular de Bercianos, la del Santo Entierro, viene esta vez con calor. Con mucho calor. Los caprichos del tiempo. Los hermanos, entregados a un rito religioso heredado de los ancestros, se adaptan. Siempre con la misma túnica blanca la mayoría; enlutadas algunas de las mujeres; acompañando, los vecinos del pueblo que no se visten pero también lo sienten.

Con esas premisas, lo que viene a partir de las cuatro y media está meridianamente claro. Primero, el Sermón del Descendimiento, con el cura Rogelio Prieto al frente. Luego el desenclavamiento, la colocación del Cristo en la urna y la procesión de Jesús y de la Virgen Dolorosa hasta el Calvario, ubicado en la zona alta del pueblo, junto al cementerio. Desde allí se emprende el regreso a la iglesia de salida.
Esa es la información básica pura y dura, pero la realidad viene con muchos matices. Uno ya llama la atención minutos antes de que todo comience: el de la cantidad de gente. Alrededor de la plaza, en la ladera o por la cuesta, el público se amontona. Lo genuino de esta celebración atrae. Y el sol ayuda. Aunque esta vez se pasa: «No sé para qué me he traído la chaqueta, la verdad», lamenta una de las chicas jóvenes de la primera fila. «Tendría que haber traído la gorra», constata un hombre a su vera. Con lo que hay habrá que tirar.

Pronto se olvidan esos menesteres, con las voces de las mujeres que compiten con las cigüeñas y con la presencia pronta de las jóvenes, que rodean a la Virgen antes de que los hermanos de blanco pongan un pie en la plaza, de espaldas al templo, con la vista fijada en el Cristo. Alguno se santigua al pasar. Todos guardan silencio. El cura del sermón demanda esa actitud callada y pide a los penitentes que se vinculen con el hecho religioso sin situarse ante él «como espectadores lejanos».
Luego, les recuerda que esa túnica les servirá un día de mortaja, cuando recorran el camino completo de la vida, y elogia la tradición conservada de generación en generación para este Viernes Santo: «Y no es solo un recuerdo del pasado», advierte Rogelio Prieto. En Bercianos, este día y sus rituales siguen muy presentes. Así que desenclavado el Cristo, colocado en la urna y ubicados los hermanos en fila de a uno, es el momento de procesionar.
En ese instante de la salida es cuando se dimensiona la marea humana que acompaña al Santo Entierro de Bercianos en su viaje de toda la vida. La cola de la procesión es una masa de gente que se va dispersando cuando el camino se ensancha. Los espectadores acortan por la ladera, trepan por donde pueden y siguen atentos el tránsito de un desfile de vecinos impertérritos ante lo que les rodea. Que haya uno o mil en los laterales afecta a las fotos, pero no a la esencia del rito.
El papel de los mayores
La procesión avanza así, rodeada pero intacta, rumbo al Calvario y luego vuelta hacia abajo. Adelante, los chavales sujetan los pendones. Bien porque no hay viento. Peor porque el calor no baja. Cuando ellos u otros hermanos se adelantan o se confunden, los mayores gesticulan sin estridencias para corregir el rumbo. Y todo vuelve al templo de San Mamés. «Será por cámaras», apunta, ya en el descenso, una señora que esquiva una foto por los pelos. De eso también hay mucho.
Con la procesión ya enfilada, uno de los veteranos que va vestido de paisano lanza una frase muy de aquí: «Ya se ha pasado casi el Viernes Santo». Lo suelta como queriendo decir: ahora, a otra jera. Así será, pero antes, como les recomendó el cura, los hermanos de Bercianos han recorrido el camino que trazaron sus antepasados. De silencio a silencio de la iglesia tras pasar indemnes entre el público.






