
Entre otros cuestionables defectos practico el madridismo. Qué puedo decir. También soy muy pesado y eso la gente me lo cuestiona menos. Aunque seguro que se lo replantean tras la semanita que llevo dando la turra. Pero hasta ahora, estadísticamente, el madridismo me lo reprochan más, como si esas querencias pudieran elegirse o, peor aún, darse de lado. La Semana Santa zamorana no suele hacer amigos en las estadísticas salvo en el brillante cero de probabilidad de lluvia de la corriente edición. Sin embargo, en los últimos 25 años ha existido otra estadística nunca bien ponderada: el idilio del Real Madrid con la tarde de Miércoles Santo. Cuatro eliminatorias de Champions League, dos finales de Copa del Rey y unas semifinales. Del taconazo de Redondo para la posterior asistencia a Raúl en Old Trafford hasta la carrera mercurial de Bale por la banda de Mestalla. En Zamora eso queda relegado a un vigesimoquinto plano. Nuestra ciudad se conjura en silencio contra la lejana posibilidad de goles memorables y títulos contra el Barça. Pueblan las calles al mismo tiempo miles de hermanos jurando Silencio en rojiblanco ante el Cristo de las Injurias y apenas unos cuantos pinganillos (in illo tempore) y smartphones volteados (en épocas más recientes) como ventana al mundo. Zamora tiene esas dualidades: el pecho abierto ante la fe del converso y la penitencia del irredento. Caminar descalzo y callado sobre cáscaras de pipas y empedrado por razones escondidas en el miocardio de cada uno. Esas, que al contrario que el madridismo, me parecen incuestionables. Esas que me encogen ante el Cristo de las Injurias un año después de que el Arsenal devolviera al Real Madrid al barro y me devuelven al empeño de callarme más, y mejor, y arrastrar los defectos que traigo para volvérselos a presentar el próximo Miércoles Santo. El Real Madrid ya verá lo que hace.
