A las puertas de la iglesia del Santo Sepulcro, en Toro, dos pares de mujeres se dan la espalda en un asiento de piedra. Las primeras están orientadas hacia la calle que circunda la plaza, tienen los años justos para estar solas y cuchichean mientras consultan varios mensajes en una red social. Las segundas hace más de una Semana Santa que peinan canas. Una de ellas tiene hasta un bastón a su vera. En concreto, la que habla con acento francés y reflexiona con su compañera sobre la calidad de las imágenes que desfilan en las procesiones de Castilla y León. Las chicas y las señoras tienen inquietudes diferentes y atraviesan momentos vitales dispares. Pero ahí están para ver lo mismo.
Y lo que une a estas personas tan variopintas y a varios cientos más es el Via Crucis procesional que parte a las diez y media de la noche del Miércoles Santo del céntrico templo toresano. No hace el frío del año pasado, tampoco llueve como el anterior. Basta con una chaqueta para apañarse, así que la gente se moviliza. Hay jaleo en la plaza. Pero las conversaciones y los gritos cesan cuando se apagan las luces, suenan las cornetas y los tambores, y asoma el Cristo de la Expiración.

Pero vayamos un ratito más atrás. Son curiosas las escenas de las iglesias cuando llegan los hermanos para procesionar. Se produce una espera con ritual en el interior del templo. Los hay que se hacen la foto de rigor «con las leyendas»; quienes se plantan a la vera del Cristo como custodios antes de ubicarse debajo y alzarlo; aquellos que se santiguan a la puerta y entran en introspección; los niños que se ponen el caperuz y ya no se lo quitan; o los que tiran de frases hechas, pero encaminadas: «A ver si para el año que viene vuelves a tocar».
Eso último se lo dice un hermano a uno de los de la corneta antes de salir. El aludido asiente, le estrecha la mano, se planta en la calle para echar el último cigarro antes de meterse en faena y, ahí sí, anuncia el inicio de la procesión. El desfile tiene como protagonista al Cristo de la Expiración, con la campana y la Cruz de los Difuntos. También a la penumbra que acompaña el paso de los hermanos vestidos con túnica negra y caperuz blanco. Una pequeña llama ilumina su tránsito hacia el destino: la Colegiata.
Antes, los cofrades se plantan de rodillas en la plaza y juran guardar silencio. Como todos los toresanos. Lo pide el religioso y también el alcalde, Carlos Rodríguez, que se implica en la liturgia. Lo que viene luego es un viaje de introspección y medias luces por calles estrechas y por las esquinas de una ciudad apagada para que solo brille la imagen del paso. Las gentes se posicionan en las aceras, en los balcones y en las ventanas que parecen miradores. Solo se escuchan los repetitivos toques de la corneta y el más repetitivo aún sonido del tambor: «Pom, pom, pom. Tra, tra, tra».
Carmen, el coro y la unión
Los minutos pasan y el desfile sigue, pero el coro empieza a prepararse. Primero, desde el bar; luego, a la entrada de la Colegiata. Lo cuenta una de sus componentes, Carmen Martínez, antes del último ensayo general, a menos de una hora para que aparezcan los cofrades: «Somos de La Mayor», aclara la mujer. Unos 60 hombres y mujeres en total, aunque no todos irán esta noche. Los que sí acuden entonarán poco después el cántico para el Cristo de la Expiración.
Ese poco después roza las doce y media de la noche en Toro. Pero cantan. Y la emoción irrumpe instantes antes de que los hermanos, la imagen y los enseres crucen el umbral de la Colegiata. Pasan primero los de la campana, muchachos y muchachas adolescentes que se quitan el caperuz con la fatiga marcada en el rostro. Allí van las madres, que asientan el pelo rebelde de la prole, recogen ropa y ofrecen agua. Ha sido una noche dura.
Desde una de las esquinas del templo, esos chicos y chicas ven pasar la cruz y comprueban cómo el Cristo cabe entero, aunque cueste creerlo. Ya van unas cuantas veces. Luego, muchos miran el móvil mientras la Colegiata se llena de vecinos y turistas para escuchar el canto popular de las Llagas. Ya hace rato que se ha roto el silencio, pero sigue la emoción en Toro. Para todos, para los distintos. Siempre unidos por lo mismo.







