Nuestra Madre no necesita artificios. El rostro inclinado, la mirada baja y las manos que sujetan al hijo muerto y a la vez se compadecen construyen un relato universal. El dolor de María, sí, pero también el de cualquier madre ante el sufrimiento del hijo. La escena obliga a mirar hacia dentro y pone al público en la tesitura de dialogar consigo mismo. Es imposible verla y no pensar en las madres que hoy buscan a sus hijos entre ruinas, que sufren por ellos en las guerras o que los despiden en las estaciones. Todas esas madres encuentran su eco en esta.
Con la Pasión de Cristo ya terminada, lo que queda el Viernes Santo en Zamora es el sufrimiento de los que quedan aquí. La madre que coge a su hijo muerto, con su corazón atravesado por espadas. No hay consuelo inmediato en esa imagen, todavía no hay redención posible. La cara de la Virgen de Ramón Álvarez solo refleja sufrimiento compartido. No hay dolor ya en Jesús, sí lo hay en su madre. La procesión de Nuestra Madre de las Angustias es un espejo, el de los dolores antiguos y los nuevos, el de los propios y los colectivos. Y muestra que el dolor de una madre por el sufrimiento de su hijo es, eso no cambiará, una de las imágenes más poderosas para entender la crueldad del mundo.
Acaba la procesión en el silencio compartido que impone el desfile y el de la sensación de que la Semana Santa de este año ya agoniza. Quedan dos desfiles, pero Nuestra Madre echa el cierre a los dos días más intensos del año en Zamora, que serían tres si sumamos el Miércoles Santo. Desde el Silencio hasta la noche del Viernes Santo son ocho las procesiones que han recorrido las calles de la ciudad. Quedan dos.






