Cuesta precisar cuándo fue el principio de la cofradía de la Vera Cruz. Los que saben hablan de finales del siglo XV. Como muy tarde, de principios del XVI. El primer documento que confirma la existencia de la cofradía está datado en 1508. Sí, hace 518 años. Y este Jueves Santo volverá a salir en procesión. Hay un origen y un presente de carácter religioso, pero también un componente de tradición que convierte a los hermanos del terciopelo morado en sucesores – muy distintos – de aquellos que abrieron el camino en tiempos de los Reyes Católicos. O como muy tarde de Carlos I.
Pero esto no va de monarcas, sino del rastro de un vínculo. Y, si el cuándo hay que buscarlo tan atrás en la historia, el dónde se encuentra más a mano. Concretamente, en el convento de San Francisco, ubicado en la margen izquierda del río Duero. Ahora, lo que antaño fue la sede de una orden religiosa, funciona como hogar de la Fundación Rei Afonso Henriques de cooperación transfronteriza. Desde allí salía, en los tiempos pretéritos, la procesión de la Vera Cruz. Ahora, queda el rastro.

Para unir los puntos, basta con consultar a uno de los hombres que mejor conoce este espacio. Su nombre es Alberto Alonso; su profesión, arquitecto. Y lo que va a contar es la historia de una capilla donde se respira parte de la historia de los primeros años de la Vera Cruz. Se trata del lugar de enterramiento que mandó construir en 1521, y detrás del ábside mayor, el deán Diego Vázquez de Cepeda. Viajemos más de 500 años en el tiempo.
«Allá por el año 21 del siglo XVI, el deán decide que hay que construir una capilla en su nombre y para su familia. Hablamos de un lugar con diferentes particularidades en cuanto a su carácter constructivo. Y, para ejecutarla, Diego Vázquez de Cepeda decide que tiene que encargársela a una persona de relevancia. Esa persona es Juan Gil de Hontañón», explica Alberto Alonso, que aclara que ese arquitecto elegido es un maestro que estaba trabajando entonces en lugares como las catedrales de Segovia y de Salamanca.
La idea es hacerlo todo en un plazo de cuatro años, pero el arquitecto muere antes de llegar a la mitad de ese periodo. Pocos meses después, también fallece el deán. «Lo que ocurre es que los familiares deciden que hay que acabar la capilla de alguna manera, así que contratan a Rodrigo Gil de Hontañón», apunta Alonso. Efectivamente, el hijo del maestro anterior. Tras unos pleitos por las cantidades, la obra se ejecuta.

Pero la ambición arquitectónica del lugar no es lo único que llama la atención en la capilla. «También se concibe como un espacio teatralizado o con recorrido escultórico», aclara Alonso. Y, para darle contenido, antes de morir, el deán le encargó la faena a uno de los más grandes escultores de la época: Gil de Ronza. Este hombre trabajó en la ciudad y en otras urbes cercanas como Salamanca, pero terminó por fallecer en Zamora tras estas creaciones para el recinto del deán en el convento de San Francisco.
«La capilla se divide en once cabañas, once espacios donde va a haber once grupos escultóricos diferentes. Todos, de madera policromada», narra Alonso, que matiza que, en total, se llegaron a instalar aquí en torno a treinta figuras. ¿Y qué tiene que ver todo esto con los primeros años de vida de la Vera Cruz? Pues para empezar, que las primeras salidas procesionales, ya en el siglo XVI, se hacían desde aquí. Y que varios de los encargos de Gil de Ronza pudieron estar presentes en esos recorridos.
«Pensamos que no cruzaba al otro lado, sino que se hacía como una procesión de barrio, por los arrabales», advierte Alonso, que recalca que esta parte que ahora ocupan Cabañales y el resto de zonas de la margen izquierda tenía antes «una fuerte presencia eclesiástica», con los conventos de las Dueñas o de San Jerónimo junto al de San Francisco.
¿Y qué queda en la procesión de aquel legado de Gil de Ronza? Pues dos imágenes. Una de ellas, el Cristo de la Laguna, forma parte del patrimonio de la cofradía, pero no desfila. El otro, el Ecce Homo, sí aparece ahora en la procesión del Jueves Santo por la tarde. Del resto de la obra de este escultor para la capilla zamorana están localizadas otras tres piezas: un San Cristóbal que se ubica en Toro, un cristo yacente que se encuentra en el convento de las Claras y «la más potente»: La Muerte.

Esta última es una imagen que se puede ver en el Museo de Escultura de Valladolid. «Representa una muerte física», subraya Alonso, que cree que «el impacto que tenía que generar esta escultura en este espacio era muy notable», a pesar de que su tamaño no era particularmente grande: «poco más de 1,20». «Probablemente, estas imágenes y algunas de las que se han perdido desfilaran en la Vera Cruz», desliza el arquitecto, que recalca que esta era, en su tiempo, una cofradía de «absoluta penitencia», con la presencia de «flagelantes» que se han ido perdiendo «por razones lógicas».
Lo que no está claro es cuándo ni por qué se extraviaron las esculturas de Gil de Ronza a las que se les ha perdido la pista. «Se entiende que cuando empezó el declive del propio convento, con las desamortizaciones», apunta Alonso, que piensa que se empezaron a desplazar algunas esculturas y que otras fueron víctimas de la rapiña y de más menesteres.
Recuperar el espíritu
«Sí creo que en algún momento habría que rendir otra vez cuentas con esta capilla y recuperar un poquito el espíritu de lo que es la Santa Vera Cruz. ¿Por qué no con una salida desde aquí?», reflexiona Alberto Alonso, que sitúa en este convento de San Francisco el kilómetro cero de la Semana Santa de Zamora, desde la perspectiva de que es el punto de salida más antiguo de la cofradía más veterana.
«José Ángel Rivera de las Heras, que en paz descanse, valoraba este lugar como uno de los espacios privilegiados de la Semana Santa», recuerda Alonso, que lo cuenta todo desde el lugar que soñó el deán, levantaron los Gil de Hontañón y equipó Gil de Ronza. El Ecce Homo desfilará este jueves más de 500 años después de la primera vez.
