Hay silencio desde hace meses en la estación de AVE de Otero de Sanabria, solo roto por el discurrir de trenes que no paran y por los breves periodos de tiempo en los que en el apeadero se entrejuntan viajeros. Silencio que se hace fuerte en las mañanas, cuando los habitantes de la comarca no encuentran en la estación un medio de transporte que les lleve al trabajo, al médico, a la universidad. En mayo acabará este, el de primera hora de la mañana, y se sustituirá por otro silencio, al mediodía, el del hueco que deja la nueva frecuencia eliminada en la comarca. Es el silencio de las oportunidades limitadas, el de las decisiones que se toman lejos, el de las demandas que tardan en ser escuchadas.
Hay silencio en el monte, lleno de pueblos que no han querido alzar la voz tras ver la sierra, su sierra, arder hace unos meses. Incluso a los que lo hicieron les llega ahora una casi obligada imposición de silencio. El mutismo al que poco a poco se ven reducidas, casi por fuerza mayor, asociaciones con nombres tan elocuentes como La Culebra No Se Calla. Si ellos cierran la boca, lo que queda es silencio.

Habrá silencio los sábados en Tábara, donde los vecinos que protestaban por una mejor atención sanitaria en el entorno rural se han topado de golpe con la realidad. Más de cien semanas protagonizando manifestaciones constantes, manifestaciones que ahora se espaciarán mucho más. El hueco de silencio que queda en la cabecera de comarca es comparable al que se encuentran los vecinos de los pueblos más pequeños en sus consultorios médicos. Silencio y más silencio.
Hay silencio en los pueblos cada vez más despoblados y vacíos de niños. La provincia ya tiene un porcentaje de mayores de 65 años superior al que se prevé en España para 2074. En lo que va de siglo, la provincia es el territorio español que más población ha perdido. En lugares con pocos habitantes y vecinos mayores las tardes son siempre iguales, marcadas por un silencio apabullante.
Y hay también un silencio que resiste. El de la gente que permanece, que trabaja, que construye un futuro sin hacer ruido en medio de un mundo que no para y que grita constantemente. Ellos entienden que el silencio no siempre es desaparecer, a veces es mantenerse, ocuparse en algo que impida hablar, que requiera silencio. Entienden que el silencio también es calma, es identidad de esta tierra.
Como cada Miércoles Santo, este año el Cristo de las Injurias ha vuelto a obligar a guardar silencio. Un silencio breve que se desvanece en lo que tarda en pasar la procesión. El que queda es el otro. Quizás no reciba tantas miradas, pero es el nuestro.




