La fuerza visual, la autenticidad y la cuidadísima puesta en escena hacen de Las Capas Pardas el plan imprescindible de la Semana Santa en Zamora. Resguarda la hermandad buena parte de la mística con la que cuenta la Pasión zamorana: defensa de las costumbres locales, austeridad, silencio… Por eso seguramente guste tanto a los turistas, que se arriman a los muros de San Claudio atraídos por la lectura de textos y el visionado de vídeos que se quedan cortos cuando se abren las puertas. Más que verla, experimentan, viven la procesión. Es lo que buscan.

En los tiempos de las redes sociales, la procesión de Las Capas va camino de convertirse en un fenómeno social. Ninguna primera fila está tan solicitada como esta. Otras hermandades pasean a sus cofrades con caperuz. Esta no. Otras lucen elementos ornamentales que hacen el desfile más visual. Esta no. Con las luces apagadas y sin nada que eleve a los veteranos hermanos por encima del nivel de la masa, ver algo que no sea al Cristo del Amparo a partir de la quinta fila es casi misión imposible. La gente aguarda horas, lleva banquetas, se sube por las cornisas y casi trepa por las tapias. Vale todo para ver a las Capas.

La fuerza de la capa alistana hace el resto. Acostumbrados los zamoranos a verla, el impacto que supone en el ojo del turista es tan evidente que a algunos les cuesta componerse para volver a hacerse a la idea de que esto es una procesión de Semana Santa. Sin adornos, sin música, sin alardes, sin nada. Las Capas es la austeridad hecha procesión. Un retazo de la identidad de Zamora que se llevan los más pacientes, los que han aguardado horas en aquella ansiada primera fila.
Las Capas traen a Zamora la Semana Santa rural. Sin artificios. Incluso el Cristo parece que busca pasar sin alardes por las calles, queriéndose integrar con los hermanos que le acompañan. No requiere este desfile nada más que voluntad de integrarse con él. Quizás por eso ya simbolice lo que simboliza.





