El último atardecer del mes muestra unos tonos morados más que apropiados para la ocasión. La luz de marzo se despide mientras los cofrades del Via Crucis asoman. Van desde San Andrés esta vez, y han de atravesar la Plaza Mayor de una Zamora que está en lo mejor. O casi. Queda por venir lo de los días grandes, pero quién dice que este martes no lo es. A ese pensamiento le llevan la contraria las calles atestadas, las terrazas llenas y los cientos y cientos de personas que aguardan a pie quieto.
Cuando cruza la procesión, las entradas a la Plaza Mayor están colapsadas. Hay una marea humana para hacer pasillo a ese Nazareno que vuelve a la margen izquierda tras su paréntesis anual de cinco días fuera de San Frontis. También para ver por primera vez a la Esperanza, que deja a la izquierda Balborraz a menos de 40 horas de su regreso cuesta arriba en una de las estampas de la semana. Pero quién dice que esta no lo es.

El centro está hasta la bandera, pero pruebe a ir a la curva de Alfonso XII, con la gente apilada por detrás de los escaparates de Semuret. O al mirador de San Cipriano. Allí, un muchacho constata lo que hay: «Hostia, que desde aquí ves todo el Puente de Piedra». Pronto, no habrá hueco para contemplar el viaducto. Ni la bajada de los cofrades, los caballos y los pasos por los Herreros hacia Santa Lucía.
Eso sí se ve bien desde la cuesta homónima al mirador. Incluso desde la vigésima o vigésimo quinta fila, que las hay. Y más. «Yo creo que tomamos una en el Medieval y ya bajamos por el Pizarro», se resigna un hombre, que convence al colega. El resto se queda. Porque la luz morada se va oscureciendo en el cielo, pero los cofrades pasan e iluminan una escena de clásica belleza semanasantera.

«Vale, hemos venido por el lado correcto», dicen dos adolescentes, que alcanzan el lugar a tiempo para ver al Nazareno en el descenso rumbo al puente. Algún bebé suelta un llanto amargo de incomprensión que tratan de acallar sin éxito sus azorados padres. La familia huye para buscar otro sitio u otro momento. Eso mismo hará otro grupito que quería primera fila. «Aquí también hay mucha gente, ¿dónde la vemos?».
Donde vaya usted va a haber congéneres. ¿Demasiados? El caso es quejarse. La muchedumbre viene bien para muchos. Entre ellos, para Mario Sánchez, que acude desde niño y desde Béjar para hacer almendras garrapiñadas. Este año, a la puerta del Ramos Carrión. «Ya se va notando más gente. Es que mira qué tiempo hace, con lo que hemos tenido otras veces», constata el artesano sin dejar de darle vueltas al fruto seco endulzado.
La lluvia. Y el frío. Y cosas peores. Cuando vuelvan a venir esas semanas, habremos de recordar, ante nuestra propia nostalgia, aquel Martes Santo que era una magnífica jornada primaveral, soleada y aireada. Y que Zamora resplandecía.




