Como los comienzos de los desastres, la primera caída fue silenciosa, una tarde de un domingo anodino de agosto. Como el primer tropiezo de Jesús de Nazaret en la Vía Dolorosa, apareció un hilo de humo en el horizonte, hilo que sería imperceptible en muchas provincias, pero no en esta, que lleva a la espalda las marcas del castigo de lo que pasó en 2022. Como Jesús al levantarse, la cruz pesaba pero había esperanza. El monte crujía pero todavía no gritaba.
La segunda caída fue el estruendo del cuerpo cayendo bajo el peso insoportable del mundo, el fuego avanzando hectáreas sin pedir permiso, los animales corriendo, las sirenas sonando, el cielo naranja del anochecer, el olor a humo. La impotencia se hace evidente, la cruz empieza a pesar demasiado. Otra vez, otra vez. Zamora sentía el peso de algo que la superaba. Hombres y mujeres luchaban por sus pueblos, ellos contra el fuego, solos, sin querer salir de sus casas lo mandara quien lo mandara. La gente, los que siempre están, luchando en soledad, con unos medios oficiales desbordados, que no llegaban, que no daban abasto para atender todo. Ante un operativo insuficiente. Los vecinos intentando sostener lo insostenible, como aquel hombre que todavía intentaba levantarse bajo la cruz.

La tercera caída fue la del alma, la del pulmón verde del oeste ardiendo, el rincón donde toda Zamora ha estado, donde toda Zamora acude a refugiarse cuando es necesario. Cuando crepitaba Sanabria es cuando más pesaba la cruz, cuando más costó levantarse, cuando parecía que el verano se iba definitivamente de las manos y que este año no iba a quedar nada. Como Cristo, exhausto, cayendo por última vez antes de llegar al final del camino, Zamora se miró a sí misma y se preguntó de dónde sacar las fuerzas.
Incluso después de tres caídas, Zamora, como Jesús, comprendió que la redención estaba en volver a levantarse, en seguir. Mirada al frente, aunque la cruz sea demasiada carga. Pese a todo y pese a todos. Aunque en el horizonte todavía se vea humo. Como esperaba después de la cruz, la vida también aguarda bajo la ceniza. En la tierra negra laten semillas.

