Coomonte legó a Zamora un museo al aire libre que cada Semana Santa incorpora nuevas piezas a su colección permanente, una especie de «exposición temporal» que se repite cada año y sin la que no se puede entender la vida y obra del genial artista benaventano. La impronta del autor zamorano en la estética del Lunes Santo es tan evidente que forma parte ya de la procesión con la misma fuerza que el raso blanco y negro de los cofrades. Hasta quince piezas nacidas de las manos de José Luis Coomonte, fallecido hace unos meses, incorpora la Hermandad en su procesión, piezas que volverán a las calles este Lunes como hacen desde hace años para recordar lo que ya se sabía, que la obra del artista es inmortal. Coomonte vive en las calles de Zamora, pero en Semana Santa, y en particular en la tarde del lunes, su presencia es avasalladora.
Para hablar de Coomonte y de la Tercera Caída es casi obligado empezar por la Corona de Espinas, que suma ya más de un cuarto de siglo procesionando por las calles de Zamora y que forma parte ya de la imagen del desfile casi con la misma fuerza que los tres pasos que salen a la calle. Con 500 kilos de peso, Coomonte quiso poner a prueba a los cofrades cuando la ideó. «La obra tiene un marcado carácter penitencial, tanto por la temática como por el propio peso», aseguró en su día Javier Martín Denis, historiador del arte y estudioso (y amigo) de José Luis Coomonte, durante unas jornadas impulsadas por la cofradía. En su primer desfile, en 1999, fue colgada con cadenas, «casi a manera de pebetero», lo que convertía el cargarla en su suplicio. El año después cambió a andas, como ahora se mantiene.

«Es posiblemente en esta obra donde se descarguen gran parte de las características que han guiado la obra de Coomonte, tanto en lo material como en lo estético y emocional», explica Martín Denis. A tener en cuenta «el uso del hierro, por supuesto, pero un hierro proveniente de arados usados que incluso conservan la firma de los que fueron sus propietarios». La ligazón del autor con la tierra y con el trabajo se hace aquí más evidente que nunca, así como su intención de unir lo divino y lo humano. «Pero, además, la fuerte carga simbólica como un material que trabaja la tierra, que remueve los cimientos de un pueblo para que de éste florezcan nueva vida», aseguraba el historiador.
El autor hablaba, continúa Martín Denis, de «cómo la tierra reclama lo que es suyo». Sus esculturas «se oxidan y ese óxido va a la base y trasciende de ésta». La corona está, así, «concebida para alzarse, pero siempre vuelve a tierra», lo que la convierte en una imagen con una fuerza «difícil de superar» y con un profundo discurso.
Muchas más incorporaciones
Mucho antes de salir a las calles la corona ya lo hacía la Cruz de Yugos, obra donada a la cofradía en 1981 y que procesionó en 1985 por primera vez, a hombros como ahora. La desarrolla Coomonte en un momento, relata Martín Denis, en el que «abandona paulatinamente el arte sacro» que había desarrollado hasta entonces y «empieza a explorar nuevas vías». Produce entonces obras que «mezclan, imbrican, sus dos vertientes utilizando materiales clásicos en su obra, el hierro, y otros de la vida cotidiana, como las cucharas, plásticos, yugos y arados». En esta obra en concreto Coomonte une yugos con las correas de los bueyes, otro símbolo del compromiso del autor con la tierra.

Pero la influencia del autor benaventano en el Lunes Santo alcanza mucho más. Obligado es mencionar «La Tanqueta», apelativo interno que se da en la cofradía a la mesa que aprovechaba las estaciones de la Pasión esculpidas para iglesias de Madrid y Norte América, que recibe ese monte por su «color verdoso imitando al bronce» y que hoy se encuentra en la iglesia de San Lázaro. Y, claro, las cruces. Hay cuatro pectorales (donadas en 1990, 2000, 2003 y 2009), portadas todas ellas por niños con especial mención a la llamada «de Membrillo/Raíces», que lleva el hermano más joven». Y, claro, las cruces procesionales, que constan de elementos como el vidrio, la madera o el hierro y que fueron donadas a la hermandad a lo largo de los años mostrando la relación personal del autor con el símbolo de la cruz y siendo testigos del continúo afán por incluir elementos cotidianos en la obra de José Luis Coomonte.
El artista logró plasmar su personalidad en la obra donada a la Tercera Caída, personalidad «trabajada a golpe de martillo sobre hierro caliente» que hoy transmite la fortaleza del escultor. Siempre es buen momento para recordar a José Luis Coomonte, pero pocos días ofrecen una oportunidad tan completa para hacerlo como el Lunes Santo.

