
La asociación habitual del Domingo de Ramos tiene que ver con la infancia y no me declaro en contra. Simplemente es algo que ya ha constatado mucha gente y mi sueldo se justifica en que cuente alternativas, así que me pregunto qué sería de este domingo si este domingo fuera otra cosa. Si fuera barco tendría que ver con un abarrotado crucero atracando en la Farola, con hordas de familias bien vestidas en busca del primer helado de la primavera y comentando sorprendidas la ausencia de paseo marítimo pese al nombre que recibe aquella plaza. Una vez conocí a alguien que, tras ojear un mapa de España al que le faltaba Portugal, decidió venirse a Zamora pensando que tenía mar y, al llegar a la Marina, se sintió entre ratificado y estafado. Pero esa es otra historia. Hablemos de qué sería este domingo si este domingo fuese palma y, secado al sol, se tuviera que agitar por las calles engalanadas mientras se enfrenta flexible a la primavera que aún no ha decidido si son tardes de frío o de calor. Si fuera laurel, bendecido para el púlpito pero desterrado de todos los guisos, querría este domingo apadrinar unas lentejas viudas por aquello de la Cuaresma, o encontrarse con los ajos que de esa tarde en tres meses perfumarán las Tres Cruces para espanto del inglés. En el caso de que pudiera ser mueble este domingo pelearía por ser el banco más deseado de San Martín, alguno que se beneficie de la brigada y del poniente, desde el que se vigilan tercio en mano los consabidos estrenos de ropa y a la chavalada. Si fuera infancia este domingo llegaría a casa gastando a rodillazo limpio los pololos, el balón de reglamento y las palmas despeluchadas cuando atardece el Domingo de Ramos y se termina la infancia, que ya lo han advertido otros antes y nunca les hacemos caso hasta que nos miramos las rodillas y las advertimos indemnes.
