
Siempre hay un momento en Semana Santa en el que pierdo fuelle. Me desinflo, se me cae la emoción, empiezo a responderle a la gente que no sé, que ya veremos si salgo o no, que lo vamos viendo. Unos años me pasa antes y otros me pasa después, y lo único cierto es que siempre hay un momento en que pierdo fuelle. Ayer fue un Sábado de Pasión largo como una procesión hasta el extrarradio. Abrazos con palmoteo final, mesas largas de restaurante y terraza, claveles en la solapa y fundas negras sobre las tallas. El sol de finales de marzo en la pared de San Juan y el biruji que se cuela desde los adoquines. La Semana Santa se pasea extramuros en estos primeros días, con una clara vocación de periferia. San Lázaro, Espíritu Santo, Cabañales, San Frontis, el Sepulcro. El miércoles ya se invierte la tendencia centrífuga, que con los aires que corren el riesgo de resfriado es alto, y es precisamente una faringitis lo que te hace perder fuelle a mitad del trayecto. Hoy me duele la garganta por no haber sido previsor apañando una rebequita desde las 11 de la mañana cuando salí de casa, y la noche de anoche me resultó más de luz que de vida. No tomé nota de esa juventud que, mucho más calculadora, se apiñaba bajo una manta en la plaza de Santa Lucía pese a que quedaban dos horas para la vuelta de la procesión en el mejor de los casos. Hice una ronda de miradores mientras empezaba a notar el escalofrío y apenas tuve cuerpo para ver al otro lado del río un faro atravesando un par de constelaciones. Con el catarro bien agarrado y el fuelle perdido para varios días entendí que algunas noches, y sin que sirva de precedente, la claridad viene del suelo.
