Si hay una fecha correcta para cambiar la hora es el Domingo de Ramos. No hay día en el calendario al que le venga mejor una hora más de sol vespertino, sol que se disfruta este día en Zamora como si fuera el postrero, aprovechando el último rayo como si no fuera a salir mañana. Se aprovecha el sol desde la mañana con las calles llenas de niños de manos ocupadas: una en la palma, la otra para el abuelo que camina al lado. Se aprovecha el sol del mediodía en las terrazas, como el último de la tarde. El de la sobremesa lo cambian algunos por la procesión. Algunos, otros están bien en los bares.
Zamora se gusta en Domingo de Ramos, la ciudad respira más alegre, huele a laurel, hay una sensación de inicio que no hace falta explicar porque la siente todo el mundo. Que aprenda a mirar el que vea en los ramos de la procesión solo hojas de palmera porque son más que eso. Es la herencia de los abuelos que pasa a los nietos. Los críos los agitan sin saber muy bien qué hacen. Ya lo entenderán, de todo hay tiempo. También lo tendrán para dejar los ramos y destinar el Domingo de Ramos a los amigos. Para pasar de procesiones y ceremonias, y más de esta procesión, a la que uno va cuando le llevan o cuando tiene a alguien a quien llevar. El Domingo de Ramos también es eso, claro, el huir del centro y dar el paseo por los Pelambres, el ver la ciudad desde el otro lado del río y pensar lo bien que se está ahí, sin tanta gente. Es un día en que hay para todos.
Este domingo es cantera de cofrades y cantera de zamoranos que disfrutan de su Semana Santa sin calarse nunca el caperuz. Muchos de los que huyen de la ciudad en estas fechas se guardan todavía el día de hoy, cómo no, para salir a dar un paseo y ver cómo se luce su ciudad en uno de los días grandes del calendario. El Domingo de Ramos son paseos, cervezas, globos, palmas, cafés, penitentes de rosa, almendras, quedadas, reencuentros y un «a ver si nos vemos» que esta vez sí suena de verdad porque hay muchos días por delante para cumplirlo. Lo de todos los años, vaya.







