Se hace raro no hacer el paseo a la Catedral en la tarde del Sábado de Dolores, ahora de Pasión. Sábado de Luz y Vida, vaya, una de las pocas procesiones nocturnas que todavía se pueden ver con luz natural aunque no haya cambiado la hora. Gusta el zamorano de a pie de dar el paseo a la Catedral y aguardar allí a que salga el desfile. Este año ha tocado pararse a medio camino, por la rúa, en el convento del Tránsito, con las dificultades logísticas aparejadas. Menos espacio y más aglomeraciones, entre otras cosas. Y una estampa que habrá que catalogar de diferente.

El recorrido de bajada ha resultado atinado y ha dejado alguna imagen inédita, como la bajada por San Cipriano y el paso por Santa Lucía, lugares por los que está procesión no se encamina. Después, el Puente de Piedra. Y más allá, la verdadera procesión, la que hacen los hermanos cada año sin mucha gente en las aceras camino del Cementerio, donde algún cofrade de acera, alguno, espera para presenciar el acto por los fallecidos. La vuelta es lo de todos los años, un procesionar larguísimo con mucho cansancio y poco público.
Lo de siempre. ¿La Semana Santa es para los cofrades o para los veedores que copan las aceras? Ni lo uno ni lo otro. No ha lugar a desfiles, ni este ni ninguno, pensados para el turista. Pero habrá que dar una vuelta a si tiene sentido caminar durante cinco kilómetros en práctica soledad por las calles de la ciudad.







