Hay el Viernes de Dolores personas que se miran entre sí con ligera torpeza, como si el tiempo hubiera dejado entre ellas una barrera invisible que hay que romper. Hay gente que se reconoce al instante pero no sabe del todo bien cómo actuar. Como si no supieran si saludar, abrazar o besar. Luego alguien rompe el hielo, la puerta se abre, el muro desaparece y cae todo de golpe. Si de algo sabe el Cristo del Espíritu Santo es de reencuentros, de los que se producen en el barrio antes de que comience la procesión, los de zamoranos que se han quedado y zamoranos que vienen. Empieza la Semana Santa y se nota.

A esta procesión le pasa, y no le pasa a otras ya invadidas por el turismo, que todavía es de los zamoranos. Se paran las conversaciones al paso de los cofrades. Hay que respetar la liturgia y hoy se pide silencio. Tiempo habrá para seguir poniéndose al día cuando el desfile empiece a subir la cuesta del Mercadillo. Los que quieren la imagen icónica, los que buscan la foto, están allí. El ambiente de abajo es otro: el de ver el desfile, sí, pero también hablar, verse, juntarse.
Y cuando pasa la procesión, lo de antes. Voces que se pisan unas a otras y gestos que sobreviven al paso del tiempo, apodos que regresan sin pedir permiso. La distancia está ya eliminada sin ceremonia y sustituida por una cercanía que crece rápido, casi con prisa, queriendo aprovechar en minutos lo que se ha perdido en meses.
«A ver si nos vemos más estos días».








