Al filo de las ocho y media de la tarde del jueves previo al Domingo de Ramos, la última luz del día se despide y la Semana Santa de Zamora saluda en San Frontis. Como siempre. Donde siempre. El Nazareno asoma tímido por las puertas de la iglesia del barrio y le recuerda a la ciudad que ahí empieza todo. Las gentes de la margen izquierda y las que han cruzado el puente se mezclan en la emoción de un instante que trasciende la visión del Mozo abandonando el hogar. No es solo lo que se ve, también lo que espera.
La multitud se arremolina, retrata el instante. O lo graba. O ayuda al que no puede solo a verlo bien. Lo hacen los padres y las madres con los niños pequeños, que todavía no entienden del todo lo que pasa, pero que van empapándose de la cultura de su tierra a través de una lluvia fina de procesiones que acabará por calar. «La vemos aquí y antes nos vamos», apuntan unos chavales por detrás para cargarse un poco la magia. Tampoco hace falta ir de intensos.

Pero hay quien sí lleva la emoción por dentro y por fuera en los primeros pasos del Nazareno. Las lágrimas afloran entre quienes vivieron este día agarrados siempre al mismo brazo y hoy se ven sin ese asidero. Las pérdidas se engrandecen en los días especiales. Y duelen las ausencias. Cada cual piensa en la suya, pero muchos comparten la de José Ángel. La del cura. La de Rivera de las Heras. A la vera de su casa, nada más empezar el recorrido, baila el paso. Por tantos y tantos días como este.

Todo lo acompaña la música, las primeras notas de la Pasión. Es un envoltorio clave para una Semana Santa que se escucha tanto como se ve. El sonido, de hecho, guía a quienes se van lejos del barrio y del recorrido a seguir el movimiento del Nazareno de San Frontis, que viaja esta vez rumbo a San Andrés. En los pequeños rincones del casco antiguo se acumulan grupitos para estrenar a su manera la Pasión: por debajo de la Puerta del Obispo, en Pizarro o en San Cipriano.
En ese último mirador hay casi una multitud para ver el Cristo desde lo alto al paso por el Puente de Piedra. Para entonces, ya hace rato que Balborraz y su entorno están atestados de gente. No era lo previsto, pero por ahí viene el Nazareno de San Frontis, en una estampa particular, arropado como la cofradía más querida. Aunque digan que solo es un traslado. Todo termina por fin. Pero, en realidad, todo acaba de empezar. Desde San Frontis. Para una ciudad que palpita.






