Como vecina y como concejala del Partido Popular en el Ayuntamiento de Tábara, acudí este domingo 22 de marzo al acto convocado en la plaza, en representación de mi cargo y con el respeto que merece mi pueblo, pero también con la preocupación de quien veía cómo se estaba proyectando una imagen que no le corresponde a Tábara, mi pueblo.
Además, resulta especialmente contradictorio que este acto se presentara en la comunicación oficial como una convocatoria en favor de la convivencia, sin afinidades políticas, y a la que fui invitada formalmente en mi condición de concejala. Sin embargo, lo que posteriormente se trasladó en titulares y declaraciones fue muy distinto, identificándolo claramente como un acto del PSOE de Tábara. Y eso no fue lo que se comunicó inicialmente a quienes acudimos en representación institucional.
Lo que vivimos fue difícil de encajar. No por la gente ni por los vecinos, sino por la distancia entre lo que se decía y la realidad del pueblo. En los últimos días se ha querido presentar a Tábara como un escenario de enfrentamiento político, de odio y de tensión. Se han pronunciado palabras muy graves y se ha construido un relato que da por sentadas intenciones y motivaciones antes incluso de que los hechos estén completamente esclarecidos.
Quienes vivimos aquí sabemos lo que ha ocurrido: un conflicto entre vecinos. Eso no significa restarle importancia, sino llamar a las cosas por su nombre. Porque cuando un conflicto vecinal se politiza, deja de ser un problema entre personas y pasa a convertirse en un relato que divide, que señala y que genera desconfianza. Y eso es lo verdaderamente preocupante. Porque en un pueblo, donde todos nos conocemos, ese tipo de relatos no se quedan en los medios. Bajan a la calle, afectan a la convivencia y terminan creando una tensión que antes no existía.
Tábara no es un pueblo enfrentado. Tábara no es un foco de odio. Tábara es un pueblo donde la convivencia es la norma. Por eso sorprenden también algunas declaraciones desde el propio Ayuntamiento hablando de un clima de crispación que no se corresponde con la realidad que vivimos a diario. Porque repetir eso en los medios no ayuda a rebajar la situación, sino que contribuye a amplificarla.
Un ayuntamiento está para contener, no para escalar. Para proteger a sus vecinos, no para señalar. Para representar a todos, no para dividir. El acto del domingo reflejó además una desconexión evidente con el propio pueblo. La asistencia fue muy reducida: en torno a una veintena de vecinos en un municipio de más de 800 habitantes. En total no se alcanzaban las 35 personas, y la gran mayoría de los asistentes eran o estaban claramente afines al entorno del propio Ayuntamiento, muchos de ellos además procedentes de otros municipios de la comarca o de la provincia.
Ese dato, por sí solo, debería invitar a la reflexión. Porque cuando el pueblo no acude, no es por falta de convivencia. Es porque no se reconoce en lo que se está planteando. No hacía falta ese acto. No hacía falta esa exposición. No hacía falta esa politización. Lo que hacía falta era prudencia, responsabilidad y respeto a un principio básico: la presunción de inocencia. Porque no son los partidos ni los titulares quienes determinan lo ocurrido. Son las pruebas, los procedimientos y los juzgados. Y adelantarse a eso no solo es injusto, sino profundamente irresponsable.
Al final, aquí seguimos siendo vecinos. Seguimos compartiendo pueblo, vida y día a día. Y eso está muy por encima de cualquier intento de convertir un conflicto puntual en algo que defina a todo un pueblo. Tábara no es así.
Sara Pedrero, concejala del Partido Popular en el Ayuntamiento de Tábara y vecina del pueblo

