Este invierno se agota. Lo dice el calendario y lo confirma el sol que se posa en la mañana del décimo día de marzo sobre lugares como Cubo de Benavente. Este pueblo, ubicado en el límite entre Los Valles y La Carballeda, fue uno de los tristes protagonistas de los fuegos del verano. Siete meses exactos después, ese rastro no se borra, pero la gente está a otra cosa. A sus quehaceres andan Primitivo y Ascensión, ambos de apellido Andrés. El matrimonio llega del médico, mira una gotera inoportuna que ha salido donde no debía y atiende los asuntos mundanos antes de hablar de las pasiones.

Para lo segundo, conviene ir al patio. En ese lugar, brillan el blanco y el azul de las paredes, combinados con el verde del suelo. Conviene fijarse en eso último, en los pasos propios, pues la lluvia de los días anteriores aún obliga a pasar con cuidado rumbo a la pequeña dependencia donde Primitivo guarda algunas de las creaciones que le han hecho conocido por la contorna. Más si cabe. Lo de haber sido cartero durante años por estos lares ya daba bastante popularidad.
Pero la charla no va del oficio antiguo de este hombre de Cubo, sino de sus labores artesanas; de lo que hacía cuando dejaba las cartas. Primitivo, que ya pasa los 80, se maneja para coger varias cajas de un alto, colocarlas en la mesa y empezar a mostrar. Allí están las gaitas. Hechas por él. De manera completamente autodidacta. Empezó por la necesidad de tener una y acabó haciendo muchas. No acierta a precisar cuántas. Si presume de que algunas han acabado viajando a Argentina, de donde procedían los encargos.

«Estas son las punteras de las gaitas gallegas, esta es la asturiana…», va enumerando Primitivo, que empezó con la tarea hace más de cuarenta años y que abre otra caja para poner de manifiesto que, aunque ese instrumento que ya ha enseñado puede ser el más llamativo, hay otros en el catálogo. Ahora, muestra las dulzainas. Las saca y las hace sonar para demostrar que las piezas no son decorativas. «Todo depende de la madera», advierte el vecino, que vuelve a las gaitas para aclarar cómo es el proceso.
«Mira, esta es de boj. Esta de aquí de manzano, otra de peral y también hay de fresno o de encina», narra Primitivo, que tiene gaitas armadas y otras por montar. Ahora, la artrosis le dificulta la tarea de hacer más, pero por sus manos han pasado decenas. Algunas las tocó él mismo, en sus aventuras como miembro del grupo La Trasga, de San Pedro de Ceque. Otras quedaron en el cajón. Muchas viajaron lejos de esta casa.

«Mis nietos también tienen una cada uno», matiza Primitivo, que no tiene calculado cuánto tardaba en crear un instrumento como este. «Lo hacía a ratos. Aprendí con ensayo-error. No acertaba todas las veces porque había madera que salía mala», abunda el cartero jubilado, que hizo hasta su propio torno con el motor de una lavadora. Luego, Ascensión le regaló uno moderno, pero el artesano considera que el suyo «era más perfecto». Difícil mover del sitio a un autodidacta.
Las fiestas y la tienda
Primitivo se mueve por la pequeña estancia en la que se ubica y revela que también hizo algún tambor. O unas piezas utilitarias. O marcos como el que ahora permite lucir la imagen de San Antonio ahí al fondo. En los tiempos modernos, el vecino cree que hay menos demanda de todas estas cosas en los pueblos. En particular, de gaitas: «Se están acabando las fiestas porque ya no hay gente. Lo que hay son entierros todos los días», advierte el vecino. Es uno de los pocos comentarios pesimistas que hace. El resto viene con vitalidad.

También trae consigo la sonrisa Ascensión, que es altamente conocida por la zona gracias a la tienda que regentaba en esta misma casa. De hecho, cuando uno entra por la puerta, se topa con la imagen de un comercio detenido en el tiempo. «A los nietos les gusta mirar a ver si encuentran cosas», apunta Primitivo. Ella desliza cierta nostalgia sobre los tiempos de ese establecimiento, del negocio «de Chonita» que vendía de todo mientras, en la parte de atrás, su marido hacía gaitas con las manos.
