La escena del 8M es la de decenas de mujeres de varios pueblos distintos en una fiesta conjunta en Fonfría. Eso va por un lado. Pero el día a día de Ruralza habla de una asociación que ha montado «un centro social itinerante» en ocho localidades de la zona. Sus responsables atienden a casi 90 personas en los talleres que organizan día a día en esta parte de Zamora que carecía de un servicio de estas características: «La gente está encantada con ellas y es algo que ojalá se pueda mantener o incluso aumentar», señala el alcalde de Fonfría, Sergio López.
Ruralza combate sobre el terreno problemas como la soledad no deseada, que tanto impacto tiene en los pueblos de Zamora, sobre todo en los meses del invierno: «Te obligas un poco a salir de la monotonía, te arreglas más, vienes y te lo pasas bien», señala una de las asistentes a los talleres, Manoli Vaquero. Entre los responsables de las localidades y los usuarios – sobre todo, usuarias – parece haber un cierto consenso sobre el impacto positivo de esta asociación nacida en 2024. Pero hay un problema.
Eso lo cuenta Laura García, una de las dos responsables, junto a Laura Méndez, de una asociación que funciona en los ocho pueblos en los que está y que podría ir «mucho mejor». Lo que pasa es que ellas siguen «sin financiación para cubrir los sueldos». «Como veis, movilizamos a muchísima gente y bien contenta, pero nos falta ese punto. Necesitamos que confíen en el proyecto», subraya la fundadora de Ruralza.
En estos momentos, la asociación cuenta con una subvención de la Diputación Provincial que llega para cubrir los costes de desplazamiento y de otro tipo de intendencia. También hay algún colaborador privado, como Caja Rural, que se implica para eventos como el del 8M de este domingo. Pero falta la parte principal: la financiación de la Junta de Castilla y León: «A nosotras nos aprobaron el proyecto, pero el crédito se agotó. Luchamos contra asociaciones muy grandes que tienen muchísimos más puntos», lamenta García.
Eso quiere decir que la propia Administración admite las posibilidades del proyecto social de Ruralza, pero que las condiciones del reparto del dinero, que favorecen a quienes están implantados en más provincias de Castilla y León y atienden a una cifra de usuarios mayor, penaliza a este colectivo más pequeño: «Hay que cambiar algo para ayudar a las que estamos abajo del todo. Al final, estamos en contacto directo con las personas usuarias y, para las señoras, ya somos referentes», advierte Laura García.
Los que están y los que quieren estar
Si ahora el proyecto de Ruralza se desmonta, las personas «se quedarían huérfanas del taller semanal que para ellas es religión». Si, por el contrario, la financiación llega, Ruralza podría ir no solo a los ocho pueblos a los que va ahora, sino a algunos de los que demandan su presencia, como San Juan del Rebollar, Domez, Castro, Moveros o Arcillera. Allí no van ahora porque no llegan. Ya tienen una jornada completa, de momento no remunerada, para cubrir los talleres actuales.
«Vamos a seguir tirando e intentándolo, pero tenemos un límite. Más que nada porque tenemos que comer», constata Laura García, que recalca que las personas utilizan sus servicios y que «la necesidad existe». Lo dicen los alcaldes, lo confirman los usuarios. Queda el empujón final de la Administración competente.
