
Ya estamos viendo lo que significa votar al fascismo, y no solo hablo del ataque ilegal a Irán por parte de la Casa Epstein-Netanyahu, tan blanca como el carbón y que es como la casa del terror pero con habitantes depravados que cuando envejecen y se duermen en público solo sueñan con cadáveres de niños y niñas.
Vienen las autonómicas en Castilla y León, y tenemos la ocasión de elegir entre quienes han defendido el genocidio de Gaza o se han mantenido equidistantes, y quienes, al menos, lo han denunciado.
Veremos qué dicen los agricultores y cómo van a reaccionar cuando el gasoil suba de precio. ¿A qué partido van a votar? ¿A partidos que apoyan a Trump, quien, animado por un Hitler reencarnado en el cuerpo de un sionista ha iniciado la peor guerra que podíamos imaginar?
Hay que ser bastante estúpido para decir que los inmigrantes tienen la culpa de todo y nos vienen a robar los puestos de trabajo, hay que ser bastante estúpido para decir que son los ecologistas los causantes de los incendios, hay que ser bastante estúpido para querer desmantelar la Educación o la Sanidad en beneficio de intereses privados, pero hay que ser totalmente estúpido para desear que este planeta se vaya a la mierda, a sabiendas, como sabemos, que este planeta está regido por un principio de globalización por ahora insustituible, y que tu pueblo, tu comarca o tu provincia, esa que piensan llenar de fábricas de explotación animal y centrales de biogás, no es un búnker a salvo del caos internacional.
Y ahora me dirán: no, aquí no hay partidos fascistas ni neofascistas. Tal vez, pero una cosa es predicar y otra dar trigo, y otra muy distinta es apoyar a quienes nos quitan el trigo para llenar sus platos de lujo. En todo caso, hay que ser estúpidos, repito.
Vivimos tiempos convulsos en los que la inteligencia es vapuleada por el populismo ignorante, y todo ello con el beneplácito de la opinión pública, más interesada en dar la noticia de que el rey emérito no es un golpista que de ofrecer un relato coherente de cómo va el mundo y de cómo puede ser el futuro de las generaciones jóvenes —que ahora están en manos de cuatro ancianos pedófilos—.
Sigamos con la ceguera de que aquí nunca sucederá nada malo (hasta que sucede) mientras en otros lugares (invisibles) siguen las matanzas con el beneplácito de organismos internacionales, defensores todos ellos de un orden económico que, paradójicamente, el propio fascismo está dispuesto a echar abajo.
Es el futuro vital lo que está en juego y por esta razón no debemos permitir que las ideas totalitarias se apoderen de nuestras instituciones. A no ser, claro está, que se esté de acuerdo con jornadas laborales de 12 horas —como las que acaba de implantar Milei en Argentina—, o se esté de acuerdo con asfixiar la Universidad —como ya hizo en Madrid Ayuso—, o se esté de acuerdo con la ausencia de una cobertura sanitaria universal —tal y como viene sucediendo desde hace décadas en EEUU—. Si usted piensa de esta última manera y además tiene ideas xenófobas, racistas o teme perder sus privilegios por pertenecer a una élite económica, religiosa o de cualquier otro tipo, entonces, no lo dude, apoye, apoye al fascismo en cualquiera de sus vertientes, ya sean blandas o duras. Pero eso sí, considere la posibilidad de que también a usted, ¿por qué no?, le tocará sufrir los desmanes provocados por esa feliz ideología. Y si no es a usted, será a sus hijos o a sus nietos.
En todo caso, y para la ciudadanía corriente y moliente (y doliente) lo mejor sería no permitir la entrada en las instituciones de las ideas fascistas, y en este ‘no debemos permitir’ también se incluye, necesariamente, la labor de unos medios de comunicación responsables. La propaganda fue lo que sostuvo el nazismo y la propaganda es lo que le quita hierro a la barbarie.
Es preciso, y urgente, perder el miedo a la verdad.
Y la verdad es terrorífica: se están apoderando de la realidad quienes siembran el caos en beneficio propio. Esto es obvio, y la última guerra que se ha desatado desde la demencia, lo demuestra de largo.
¿Por qué no, entonces, otra vez, un NO A LA GUERRA como metáfora de NO AL FASCISMO?
Pues hoy por hoy, ambos conceptos se retroalimentan y son equivalentes.
Hay quién dirá que el problema no es este sino el extremismo buenista, apuntando directamente a los pacifistas. Porque pedir la paz, pedir la convivencia, pedir la tolerancia o pedir la igualdad, el fin de la esclavitud, las agresiones al medio ambiente o el fin del patriarcado asesino, es un delito para no pocos agentes políticos.
Dentro del imaginario colectivo generado por la cobardía frente a la violencia extrema, defender el sentido común es una traición contra el sistema, y por eso somos antisistema las personas con algo de sentido común, en un mundo que se cae a trozos por culpa de cerebros con 3 neuronas, una de ellas podrida y las otras dos enfermas de egolatría.
Sentidiño, esto es lo que hace falta, es decir, hacer las cosas con cabeza. Vamos a ver qué sucede en las próximas autonómicas.
