Un mono pequeño abraza un peluche y millones de personas sienten algo al mismo tiempo. Ternura. Protección. Identificación. “Somos ese mono”, escribimos. Nos conmueve que necesite algo para sentirse seguro. Nos parece adorable que se aferre, que no quiera soltarlo, que busque refugio. La escena es sencilla y universal: un ser vulnerable intentando protegerse de un mundo que percibe demasiado grande.
Ahora cambiemos la escena.
Una familia en Palestina busca refugio bajo el sonido constante de las bombas. Un niño es retenido por agentes del ICE en Estados Unidos sin comprender porqué su destino depende de uniformes y fronteras. En España, la ultraderecha señala, estigmatiza y convierte en enemigo a quien piensa distinto, a quien migra, a quien disiente. Y mientras tanto, seguimos sumando mujeres asesinadas por violencia de género en lo que va de año, mientras todavía hay quienes cuestionan el feminismo como si fuera una exageración ideológica y no una respuesta a una realidad que se cobra vidas.
También ahí hay miedo.
También ahí hay necesidad de protección.
También ahí hay personas intentando aferrarse a algo que les dé seguridad.
Sin embargo, la reacción ya no es tan simple. La ternura deja paso al posicionamiento, a la discusión, al “sí, pero”. La vulnerabilidad, cuando es simbólica y no altera nada, nos une. Cuando está atravesada por poder, por leyes, por estructuras políticas, nos divide.
El mono no nos exige nada. No nos obliga a revisar nuestras ideas ni nuestras contradicciones. No nos pide tomar partido. Su fragilidad es limpia, despolitizada, cómoda. La fragilidad humana nunca lo es.
Quizá no vivimos en una sociedad sin empatía. La prueba es que somos capaces de detenernos ante la imagen de un animal abrazando su peluche. La capacidad de conmovernos sigue intacta. Lo que no está intacto es nuestro compromiso.
No se trata de si sentimos. Sentimos.
Se trata de si estamos dispuestos a asumir la responsabilidad que conlleva sentir. Porque la empatía que no se traduce en acción termina siendo complicidad por omisión.
Sentir no cuesta. Posicionarse sí.
Y, sin embargo, la diferencia entre una emoción pasajera y una transformación colectiva está precisamente ahí.
La empatía que no se arriesga no cambia el mundo.
Autora: Ariadna Huerga, secretaria de Juventud, Mujer e Igualdad de CC OO en Zamora
