Las letras pintadas sobre la fachada parecen escritas a propósito para la coyuntura actual: «Quien a Dios tiene, nada le falta. Solo Dios basta». Las dos frases se leen casi sin querer a la entrada de la capilla anexa a la iglesia de San Benito, en el barrio de San Blas de Zamora capital. Allí acuden cada día, a misa de siete, unos veinte o treinta feligreses. Hasta hace tres meses, la celebración se organizaba en el templo principal, pero ese lugar ya no es seguro. Lo dice el propio obispado. En una inspección realizada el 28 de noviembre de 2025, los técnicos detectaron «una patología estructural significativa que compromete la estabilidad de la cubierta». Hablando claro: entrar allí es un riesgo.
Por eso, desde finales de noviembre, los feligreses hacen toda la vida parroquial en esa capilla de dimensiones reducidas habilitada para la ocasión. A la salida de la misa de este martes, varios de ellos se detienen para contar cómo es la vida de una parroquia sin poder entrar a la iglesia. Como en la viña del señor, hay de todo: los que se quejan con amargura, los que aseguran que «hay que dar gracias» por tener un espacio, aunque sea chiquitín, y los que se sitúan en el medio – la mayoría – que aceptan lo que hay, pero que piden agilidad para resolver el asunto.

Entre las del primer grupo, una señora sale rezongando: «Estamos aquí metidos en un chiringuito en el que no se puede uno ni mover. Los domingos no se cabe y el Miércoles de Ceniza ni se podía estar aquí. Yo me tuve que salir porque me puse mala de la aglomeración de gente que había», señala la mujer, que sale, sin dar sus señas, junto a una de las pacificadoras: «Tenemos que dar gracias a Dios de que tenemos misa», le remarca la compañera.
Quienes se quedan a hablar, con nombres y apellidos, son Manuela Arcelus, Inés Prieto e Ignacio Prieto, que cuentan varia cosas. La primera, que todos son conscientes de que la iglesia «no está en condiciones». La segunda, que su situación actual solo se acepta por su carácter provisional. «En los días de labor, nos vamos apañando; los domingos esto se queda pequeño», constata Ignacio, que admite que hay feligreses que han dejado de ir y otros que se marchan el séptimo día de la semana a San José Obrero, a San Lázaro o a Lourdes para huir de la aglomeración en la capilla. Los que pueden, claro. Hay personas con carencias de movilidad sin alternativa.
«Es que aquí vive mucha gente», recalca Manuela Arcelus. Según los datos del obispado, 2.552 personas. «A ver si los medios de comunicación hacéis hincapié en que nos lo arreglen cuanto antes», insiste Ignacio, mientras Inés constata que lo que se les dice es que «hay que seguir esperando». Quien se lo explica es el párroco, Millán Núñez, que este martes tiene otras ocupaciones y no puede acudir a la misa, pero que da algunas pinceladas sobre la situación por teléfono: «Lo vivimos con dolor, pero nos adaptamos», resume el sacerdote.

Para el religioso, la situación exige comportarse con «normalidad» dentro del escenario en el que se maneja la parroquia: «Para lo que es el culto de los domingos, sí que hay personas que han podido irse a San José Obrero o a San Lázaro», concede Millán Núñez, que tiene un par de solicitudes de bautizos para el mes de abril y que tendrá que gestionar la situación como pueda, habida cuenta de que la iglesia de San Benito no va a estar abierta para entonces.
Eso lo cuenta el responsable de Patrimonio de la diócesis, Juan Carlos López, que subraya que los responsables eclesiásticos están «estudiando posibilidades a ver cómo se puede afrontar la situación». El diagnóstico de lo que le sucede al templo todavía no está afinado del todo, pero lo que los técnicos tienen claro es que «amenaza ruina, amenaza derrumbe». Todo, conviene recordar, en una iglesia de las más modernas de la ciudad, abierta en septiembre de 1969.
«El hierro que se usó en la construcción es muy dúctil y muy maleable. Por entonces, se utilizaban materiales de aquella manera y, de aquellos barros, estos lodos», concede López, que apunta que, desde arriba, se puede ver cómo los hierros están «altamente deformados». La diócesis tiene, además, un precedente que invita a la prudencia, según señala el responsable de Patrimonio, que se refiere a la iglesia de Pueblica de Campeán, donde se vino abajo el crucero en una construcción con unas patologías similares a las que sufre ahora San Benito.

«Con la mera sospecha, estamos obligados a tomar la decisión del cierre. La capilla que se está usando no da cobertura a toda la gente, pero la parroquia no se ha extinguido. El edificio principal no se utiliza, pero la parroquia permanece», recalca López, que no ofrece plazos para una hipotética obra. De momento, queda por analizar la dimensión económica de la intervención. Y, a partir de ahí, decidir.
«Como sardinas en lata»
Los propios feligreses son conscientes de todo esto. Se han informado: «Se conoce que los hierros que ponían no eran los que tenían que ser», retoma Ignacio Prieto, que acompaña al periodista hasta la capilla donde se acaba de celebrar la misa: «Mira, los domingos estamos aquí como sardinas en lata. Y la gente quiere que se arregle la iglesia porque muchos vecinos no pueden ir a parte ninguna. Somos gente mayor», argumenta el parroquiano, que pide «que no lo dejen pasar» y que se abre, como otros compañeros, a la posibilidad de hacer pequeñas aportaciones.
Antes de marchar, otra mujer llamada María Fernández interviene para remarcar que, hace unos años, ya se hizo una reparación de la iglesia. Y la gente sumó para la causa. «Lo allanaron todo para que no hubiera escalones», indica la vecina, que deja clara la postura de la gente del barrio: «Tenemos nuestra parroquia y no queremos ir a otra». Mientras, queda agarrarse a la frase pintada en la fachada
