Esta entrevista bien podría haberse desarrollado en Santa Cruz de los Cuérragos. Hubiera sido, de hecho, lo ideal. Ahí nació, en la comuna hippie que se instaló en el pueblo, y ahí vive Samuel Carvalho, el protagonista de Entre las hojas escondido, la novela con la que el zamorano David Muñoz Mateos vuelve a las librerías (el libro se presenta este jueves, a las 19.30 horas en el Museo Etnográfico con la participación en el acto del autor y de Jonathan Arribas, otra de las grandes promesas de la literatura zamorana). Para dar contexto, volvamos a Samuel. Es un niño salvaje. Se perdió cuando la comuna abandonó Santa Cruz y apareció tiempo después, moldeado por la Sierra de la Culebra, más cercano a los animales que a los humanos. En su historia nos invita a introducirnos el entrevistado, que pese a todo lanza las primeras preguntas de la charla. «¿Lo has terminado? ¿Qué te ha parecido?». La contestación da paso a la conversación y, ya sí, a la primera pregunta del entrevistador.
– Es difícil captar el habla de las personas en un texto escrito. Con Samuel sentimos ese esfuerzo por comunicarse en un castellano imperfecto. ¿Qué define el habla del niño salvaje de la novela?
– Usa mucho el adverbio así, habla siempre en presente y utiliza el pronombre reflexivo. No llueve, le llueve, no sopla el viento, le sopla el viento. El así… en cierta manera él le ordena al mundo cómo tiene que ser, le dice a la realidad que tiene que ser así. Es una manera de reforzar justamente lo contrario, su fragilidad, su vulnerabilidad. Pero al decirlo, lo que hace en realidad no es ordenar, es preguntar, cuestionarse si el mundo no puede ser de otra manera.
– ¿Quién es, en realidad, Samuel?
– Mucha gente. Es una mezcla de todos los niños salvajes que ha habido en la historia. Víctor de Aveyron, Kaspar Hauser, Amala y Kamala o Marcos Rodríguez Pantoja, el hombre criado entre lobos que ahora vive en Orense, con el que he tenido ocasión de charlar un par de veces. Pero sobre todo es él mismo, la metáfora del regreso de lo salvaje a los pueblos cada vez más despoblados de la sierra, y la idea de lo salvaje que todos llevamos dentro. Los niños salvajes nos fascinan precisamente porque cuando los miramos nos preguntamos si nosotros somos eso. Si sin educación, sin civilización, seríamos eso. Es lo que simboliza, el regreso de lo salvaje.
– En su caso, el regreso a un mundo que ya no existe. Vuelve a Santa Cruz, pero no a su pueblo tal como él lo dejó.
– Se ve obligado a vivir en un mundo que le es ajeno, del que no quiere formar parte aunque la sociedad le obligue a formar parte. Una de las ideas clave del libro es la idea de hogar, saber cuál es el hogar de Samuel. A lo largo del libro hay varios intentos utópicos de reintegrarlo en la sociedad pero al final el único hogar para él es la naturaleza, donde puede residir sin prejuicios, sin cuestionamientos. La naturaleza lo acepta todo mientras que las sociedades humanas son mucho más duras, más críticas, más violentas.

– Quiere encajar, pero no lo consigue.
– Y no es solo una cuestión de la sociedad. También suya, que no es capaz de encajar y siempre malogra los intentos por hacerlo. Intenta encajar pero lo que hace es destrozar ese mundo en el que quiere integrarse.
– La novela es también una contraposición de los mundos urbano y rural, civilizado y salvaje.
– Lo es. Los niños salvajes contraponen estas dos cosas y lo conducir hacer con la figura del narrador. Hay un personaje, Samuel, natural, criado entre animales. Otro, el narrador, que es un estudioso, que intenta desentrañar a esta persona. Son dos mundos muy opuestos.
– El narrador, el personaje civilizado, siente envidia del niño feral.
– Y es raro, cómo puede sentir envidia de un hombre que ha fracasado en todo. El narrador es muy idealista, y muy romántico, y le gustaría parecerse más a Samuel, que también representa la raíz frente a alguien desarraigado. Es una cuestión extraña de los intelectuales, que envidian a la gente que menos tiene, la que más difícil lo tiene en la vida.
– Samuel siente vergüenza.
– Se sabe diferente, sabe que no es como los demás y, aunque querría hacer las cosas bien, no lo consigue. Hay un matiz muy sutil en la novela que es el desarrollo de una teoría que dice que los niños salvajes son en realidad niños autistas, que fueron abandonados por su familia por esta cuestión y que sus rasgos de personalidad no se deben al tiempo que han pasado apartados de la civilización, sino al autismo original. Él puede aspirar a intentar encajar, a que la gente lo escuche. Como sucede con Marcos Rodríguez Pantoja, que se dedica a ir por los pueblos y contar su historia, a hablar con los niños y contarles lo que es respeto a la naturaleza. El hecho de que lo escuchen es su manera de encajar ahí.

– ¿Cuánto de David Muñoz hay en el narrador de tu libro?
– Mucho, mucho. Yo me he dividido en dos, el narrador y Samuel, que también tiene parte de mí. El narrador evidentemente más, que más tiene rasgos míos, pero exacerbados. Como el dolor por el desarraigo, que lo siento, pero no tanto. Yo quería crear la ilusión de si Samuel es o no real, y para ello funciona que el lector identifique al narrador con el autor.
(El autor es zamorano, vivió en Irlanda, regresó a la provincia para vivir cinco años en Sanabria y en 2020 marchó a París, donde actualmente sigue residiendo, ejerciendo como traductor y como profesor de español en la Sorbona)
– Como el narrador, ¿Tienes la sensación de que, en tu progreso vital, te has perdido algo? ¿Te has dejado algo por el camino?
– Claro que he perdido cosas, claro, pero también he ganado. Cuando marché a París me salió una oportunidad vital que tuve que coger, que me ha permitido ganar cosas. En el plano personal soy una persona curiosa. O sea, ¿he perdido algo? Seguro. Pero, si no me hubiera ido, sí que tendría la sensación de haberme perdido cosas. Respeto muchísimo, y me parece admirable, la gente que se queda, la gente que vuelve. Son necesarios y entiendo por qué lo hacen. Yo lo hice, lo entiendo, y quizás en otras circunstancias me hubiera quedado, no lo sé. Marché, no me arrepiento. Todo va bien.
– No debemos entender la novela, en cualquier caso, como un lamento por haber marchado, ¿cierto?
– Cierto, cierto.
– Me quedo más tranquilo, se llega a sufrir por el desarraigo del narrador.
– No, no es así. Es algo que exagero.
– ¿De dónde viene el interés por los niños salvajes?
– Desde la ESO, creo. Cuando viví en Irlanda leí mucho sobre el tema, como las aportaciones de Rafael Sánchez Ferlosio al libro sobre Víctor de l’Aveyron de Jean Itard. Me parecía un tema fascinante porque pone al hombre ante un ser humano distinto, ante un hombre salvaje. Cada niño salvaje es único, específico, y eso me fascina.
– Dibujas también la hostilidad que el mundo rural tiene en ocasiones para las personas que no encajan del todo bien en los cánones establecidos.
– Yo he vivido cinco años en Sanabria y guardo recuerdos preciosos, hay gente estupenda y, como en todos los sitios, gente que no es tan estupenda. En los pueblos hay de todo, oyes conversaciones de todo tipo, actitudes de toda clase, y yo quería representarlo en el libro.
«Me dolieron mucho los incendios, tuve la sensación de estar escribiendo sobre algo que ya no existe. Pero decidí seguir»
– Desarrollas tu novela en La Culebra, a caballo entre Santa Cruz de los Cuérragos y Riofrío de Aliste, con algún pasaje en Zamora.
– La Culebra viene perfecta y además cuenta con algo fundamental para la historia, que es el lobo. Hablar del regreso de lo salvaje es hablar de La Culebra, de pueblos que se despueblan, de lobos que campan a sus anchas, de naturaleza que vuelve a tomar lo que es suyo.
– Llevaste a cabo el trabajo de campo entre 2018 y 2019, cuando se desarrolla el libro, y después marchaste a París. ¿Estabas ya escribiendo el libro cuando se quemó la sierra?
– Sí.
– ¿No te planteaste cambiar la localización, incluir en el desarrollo de la novela todo lo que pasó?
– Lo pensé, pero al final decidí seguir para adelante, mostrar la sierra como era antes del fuego, como una elegía a La Culebra.
– ¿Qué sentiste cuándo se quemó la sierra?
– Estaba en París, en mi habitación, escribiendo, y no podía parar de verlo. Los vídeos, los reportajes… Me dolió mucho, tuve la sensación esa que dices, de estar escribiendo sobre algo que ya no existe. Recorriendo la sierra durante cinco años, he llegado a vivir esos lugares de manera intensísima, como si fueran míos. Me dolió mucho lo que pasó pero creo que lo mejor era mantener la localización y que, en el libro, la Culebra sea lo que fue.
