Hace cinco semanas, el grupo que ganó el primer premio del desfile del carnaval infantil de Toro en 2025 todavía carecía de una idea sólida para la edición 2026. «No nos decidíamos», admite Nuria Ruiz, una de las madres, que asegura que la chispa se prendió «con una bobada». Como tantas otras cosas que empiezan de broma y acaban en serio: «¿Por qué no de un surtido de Reglero?». «Nos pareció bien la idea, a los niños les gustó y ellos mismos se repartieron las galletas que quería cada uno», resume la mujer.
Y aquí están Nuria, los demás adultos de los cinco matrimonios que forman el conjunto y todos los niños que se han disfrazado de su pasta artesana favorita en la tarde del lunes de carnaval en Toro. La mujer que cuenta la pequeña historia mira alrededor y admite que este año costará más ganar. Todo son alardes de originalidad. Y de trabajo. La propia caja del surtido de Reglero tiene faena; las pastas hechas con espuma, también. Han sido cinco semanas contrarreloj. Pero es igual para el resto.

En Toro, el carnaval es una paradoja. Todo es jolgorio, pero la gente se lo toma muy en serio: «Mira los funkos, están muy logrados. Además con personajes de aquí», apunta Nuria mientras mira al grupo que tiene justo delante en la zona de salida, en San Francisco. Para quien no esté familiarizado con estos muñecos, se trata de esas figuras coleccionables macrocefálicas y de ojos enormes que suelen agruparse por temáticas. Hay funkos de Pokemon, de Juego de Tronos, de futbolistas… De lo que quieras. Y, en la ciudad cermeña, de los suyos, claro.
El grupo que va con ese disfraz se estructura con los niños interpretando a un personaje histórico ligado de alguna manera a Toro en formato funko. Detrás, van los adultos con las cajas. Ahí aparecen Fray Diego de Deza, el cardenal Pardo Tavera, los Reyes Católicos, Jesús López Cobos, Doña Elvira o el Conde-Duque de Olivares. ¿En qué otro sitio disfrazan a un niño de valido de un Austria menor? Si alguien lo sabe, que lo diga.

Sobre las cinco y cuarto, todos esos personajes y muchos más están listos para la salida. Llueve un poco, así que la alcaldesa, Ángeles Medina, apremia a la primera charanga. Adelante. Y ahí van los cerditos y el lobo, un pollo recién nacido, la chispita marciana, las villanas de Disney o las plastilinas. Cuesta encontrar un disfraz de cualquier manera. Lo mínimo es el trabajo. Pero es que además hay talento.
¿Qué me dicen de unos niños disfrazados de pasta fresca a la boloñesa en una cazuela de marca «Belay»? Los niños encantan y los adultos guían. En esta y en otras partes de un desfile con fregonas que bailan y con las pastas de Reglero que entran y salen de la cinta transportadora. Eso sí, con un aviso: «Consumir preferentemente antes del Miércoles de Ceniza». Por si da el hambre, los pequeños reparten galletas de verdad entre el público.
La churrería real y la del disfraz
Con la sonrisa aún en los labios, el público se topa con los gatos con botas y con los niños caracterizados de latas de conserva. Hay anchoas en aceite, mejillones en escabeche, berberechos al natural y pulpo a la cermeña, claro. Mucha comida. Y viene más, con la lograda imitación de la churrería La Toresana, que hace partirse de risa un rato después a las que despachan en la de verdad: «Es publicidad, es publicidad», suelta una de las trabajadoras entre carcajadas.
Lo que se come en esta tierra, en general, es lo que nace de ella. Por eso hay referencias también a la agricultura y la ganadería, en un grupo que lleva corderos de verdad. Otro foco de atracción importante. También lo son los apicultores. Y las panteras rosas. Y las curiosas bolas del bingo. Y por si la borrasca viene fuerte, ahora que se asoma otra nube, los cazadores de tornados. En Toro, nunca se agotan las ideas. Siempre acaban saliendo. Aunque sea por una bobada.






