Cuando van a dar las cinco y media, el salón de plenos del Ayuntamiento de Toro ya ha cogido color. En concreto, el de los trajes tradicionales que decoran la estancia y que dan lucimiento a la espera. Al pie del micrófono, aguarda la alcaldesa, Ángeles Medina. Al fondo, se prepara el grupo para cantar. De frente, cuatro sillas vacías, las que ocuparán los novios y a los padrinos. Es Domingo Gordo, día de boda tradicional en la ciudad.
Los protagonistas aparecen al fin. Son Charo y Javier. De madrina, su hija, Lucía; de padrino, su sobrino, Hugo. Todo listo. ¿Todo? Antes de que el evento comience, un hombre se acerca a una niña en un lateral de la sala. Alguien tiene que llevar los anillos. La muchacha, de nombre Lola, cierra el puño con el tesoro dentro y asiste a la ceremonia. Antes del comienzo, la alcaldesa acota el aforo. El acto ha de ser digno, «no el mayor agobio del mundo».

Luego, Medina recuerda que la boda tradicional de Toro representa «tradición y esencia del carnaval». Merece respeto. Y el talento de las cantoras de Tío Babú honra la fiesta: «Eres lo que yo soñaba, eres lo que yo quería (…). Cuando te miro a los ojos se me acaban las penas», entonan las mujeres. Silencio sepulcral. Aprecio al cántico. Luego, llega el momento de Lola, la niña de apellido De la Calle que cumple con su misión. Ahora sí, el momento álgido. Van los novios.
Primero, se levanta Javier. Y, nada más ponerse en pie, llora: «Esto no lo esperaba yo», balbucea el hombre, presa de la emoción. Apenas acierta a decir que van 25 años con Charo y que quiere seguir adelante. Ella, más entera, pero igualmente cariñosa, le replica: «Te prometo otros 25 años o los que sean. Siempre juntos». Hay ternura y nervios. Tanto, que los protagonistas se olvidan de un detalle: «¿No se besan?», grita un hombre desde el público. «Ya iba a decirlo yo, Paco, pero no me has dado tiempo», ríe la alcaldesa.
Medina vuelve a tomar entonces la palabra para remarcar que este es un acto único, la «esencia» del carnaval. También destaca la regidora que antes se hacían dos bodas: la de los labradores y la de los ricos. Poco a poco, fue quedando solo una. Como debe ser. Y en esa, en la única, la gente ruge vivas a los novios, a los padrinos, al carnaval y a Toro, antes de que las voces vuelvan a sonar: «Que brillen vuestros deseos como estrellas en el cielo…».
Ese podría ser el final, pero no. Queda el acompañamiento. Y antes la salida del Ayuntamiento: «Van a pasar bajo arcos y todo», advierte una vecina mientras Charo y Javier enfilan la puerta y reciben el agasajo de su gente. Algunos, hasta se atreven con el tarareo del himno de España. Luego, el baile da paso al recorrido hacia el refresco. Al caer el día, vendrán 25 años más o los que sean para la pareja del domingo de carnaval en Toro.





