Viernes, 6 de febrero. El menú del día, que se puede consultar en la cuenta de Instagram del local, lleva como plato destacado el cocido completo. Cuesta quince euros con bebida, pan y postre. Pero eso se sirve en el comedor. Fuera, en la parte del bar, echan el café o la caña los parroquianos de Montamarta que se reparten por la barra y por la mesa. Todavía en fase de retorno a la costumbre. No en vano, el Rosamari, ubicado en la esquina de una plaza que roza la carretera nacional, llevaba un tiempo sin funcionar: «Mañana hacemos una semana abiertos», constata el nuevo dueño, en referencia a este sábado.
El hombre que se ha puesto al frente del negocio se llama Antonio Martín Velasco. Es de Zamora y Peñausende, pero viene de Mallorca, donde había trabajado nueve años como cocinero hasta que se decidió por el retorno a la provincia: «Un amigo me habló de este local, vine a verlo, me gustó y dije: pues lo cojo. No tenía nada pensado, pero surgió», advierte este hombre que ha culminado la reconstrucción del panorama hostelero del pueblo. En otoño, la jubilación del dueño de un establecimiento céntrico amenazaba con dejar a la localidad en solo dos bares. Ahora, vuelven a ser cuatro.

Pero vayamos primero con la historia de Antonio. «Yo ya venía pensando en quedarme en Zamora, y este invierno me comentaron la posibilidad. Lo valoré y aquí estamos», resume el emprendedor, que apuesta por la parte del restaurante para dar menús, con atención particular a los platos tradicionales: «Quiero que la gente venga a comer, no solo que sea un sitio de paso», apunta el hostelero, consciente de que la presencia de la autovía desde hace un decenio reduce sensiblemente la cifra de conductores que se detienen en ruta por esta Nacional. El modelo ha de ser otro.
Eso, en el restaurante. El bar es otra cosa: «Siempre hay gente del pueblo que viene a tomar cafés, a comer una tapa, a jugar la partida…», enumera Antonio, que ahora está «a medias», pero que tiene la intención de residir en Montamarta definitivamente. La localidad no es de las que más sufren demográficamente en la provincia, pero un empujón no le viene mal. Por aquí, son 549 empadronados. Eran 685 en el año 2000. No sobra la gente. El nuevo hostelero ha contratado también a dos camareros, por lo que contribuye al empleo en la zona.

Antes de despedirse, Antonio admite que también es buena cosa que haya abierto otro bar más en el pueblo. «Está bien que haya cuatro funcionando. El que ha cogido el otro de la iglesia ha venido por aquí a tomar algo ya y hemos estado hablando», apunta el dueño del Rosamari, que se refiere a Iñaki Rodrigo, el hombre que ha transformado el negocio que había al pie del templo en el Ruta 66. Lo ha hecho tras mudarse desde San Sebastián, y junto a una mujer llamada María Juliana Encina que se trasladó a Montamarta desde Madrid. Algo tiene este lugar.
Para Iñaki, en primer término, la tranquilidad: «Yo me he pasado 36 años metido en la cocina y cerré por la pandemia el restaurante que tenía en San Sebastián», explica el hostelero, que poco después decidió trasladarse a la tierra donde se hundían sus raíces, aquí en Montamarta. No lo hizo para retirarse, sino para busca otros horizontes. Y se topó con la jubilación de Marce, el hombre que regentaba el local. «Yo no quería más bares, pero esto es un sitio pequeñito más diésel», admite el ahora responsable del negocio.
Iñaki y María Juliana se pusieron al frente en noviembre. «Lo hemos ampliado un poco, hemos creado una gama de pinchos un poco diferente y lo hemos decorado en plan motero», resume el responsable de un bar que ha entendido dónde estaba su oportunidad: en los desayunos. El local madruga para abrir y cierra a media tarde. Luego hay que vivir. También descansa los lunes. El resto de los bares de Montamarta echa el candado alternativamente martes, miércoles y jueves. Están organizados. Nadie les obliga, pero lo hacen así.

Eso, en el negocio. ¿Pero fuera? «Aquí se está mucho más tranquilo, la vida es más económica, tienes espacio y no hay tantos problemas. A mí siempre me ha gustado ir a pescar o ir al monte a por setas, así que muy a gusto», abunda Iñaki, que avisa a su compañera para que ella cuente parte de su historia y de su visión de un negocio que, por su estética, abraza a los moteros, pero que también acoge a los peregrinos y a las gentes de un pueblo que ahora tiene dónde elegir.
«Sin retorno»
«Yo nací aquí, pero he estado muchos años fuera, en Madrid. También había trabajado en hostelería», indica María Juliana, que está feliz de haber «cambiado el chip» definitivamente para dejar atrás «el estrés, el agobio y las carreras». Ya lleva más de un año fija en Montamarta. Poco después, se cruzaron en su vida Iñaki y la oportunidad de este bar. «Me he vuelto con todas las de la ley: con casa, empadronada y con negocio», ríe la mujer.
Además, «sin retorno»: «De visita sí, a ver a la familia, a los amigos y tal, pero me he asentado aquí», confirma María Juliana, que cree que cada vez volverá más gente. «Hay personas que ya se han movido todo lo que se tenían que mover y van de un lado al otro en el trabajo, con hipotecas y de todo. Llega un momento en el que te paras y dices: al pueblo», zanja la hostelera. Gracias a decisiones como la suya, la de Antonio o la de Iñaki, Montamarta vuelve a tener cuatro bares.
