«No subo, que hace frío». Laura Gómez, de 88 años recién cumplidos, advierte a sus compañeras. Pero las mujeres que se han plantado en el salón de su casa ya lo saben. No van a convencerla para ir a la calle, sino a compartir la fiesta con ella. Cuando las visitantes entraron a las águedas, la señora que ahora las recibe en el sillón tenía ya unos cuantos febreros de jarana a sus espaldas. De niñas la vieron brincar. De adultas siguen su camino. Las mayores guían a las jóvenes y así se encadenan las generaciones desde hace 300 años en esta cita tradicional y femenina de Andavías.

Las águedas de este pueblo tienen ese arraigo tricentenario y un ritual por encima del resto: el del salto sobre el fuego. Allí, a pasar por encima de las llamas, es donde va la tropa cuando acaba la visita a la veterana. Suena la música tradicional, vuela el confeti y se avistan los piornos, arriba de la cuesta, casi en la salida de la localidad rumbo a Montamarta. Durante la semana, y también a lo largo del día, ha habido dudas: pega el viento, arrecia la lluvia, brillan los charcos y hasta el embalse y el regato asoman para decir que hay temporal. Pero en el rato justo, cerca de las seis, el cielo luce azul.
Prestas para aprovechar la ventana en medio de la borrasca, las águedas forman el corro cerca de la casa de Isabel Gago, donde toca esta vez. Jorge, el marido, prende los piornos y el humo sube. Las mujeres, unas 25, bailan, forman el corro, levantan la falda, echan confeti, reparten algún caramelo, vacilan mucho y esperan a que se forme la llama. El ritual es sencillo: hay que pasar sobre el fuego. Esta vez, con el hándicap de un pequeño desnivel negativo. La nube de fotógrafos sirve como parapeto por si alguna se pasa. El pueblo que respalda observa de fondo.

En la sucesión de saltos, lo festivo brilla y lo emotivo flota en el ambiente. Tantas y tantas que lo hicieron durante años y ahora no están. Lo piensan quienes las recuerdan. Pero la mejor manera de mantener el legado es seguir brincando. Y otra vez. Y otra. Muchas veces Miryam, con las de antes en la memoria, su madre pegada a ella y su hija vestida al fondo. También Soraya. Y Rocío. Y Tere. Y Mari Jose. E Isabel. Y Sonia.
Para las mayores o para las que tienen más problemas con la llama fuerte, se prende un piorno pequeño. Esto no es una exhibición de habilidades deportivas, sino una manera de reivindicar la identidad. No está claro el origen del salto. Lo que está claro, como subraya el cronista de Andavías, José Antonio Mateos Carretero es que ejerce como «elemento diferenciador y exclusivo de la localidad» sin que exista una explicación concreta de los motivos de su existencia, más allá de la intuición vinculada a que Santa Águeda murió tras ser arrojada sobre carbones al rojo vivo y lanzando alabanzas a Dios.
Pero aquí nadie acaba en la hoguera. Si acaso, con algún pelo chamuscado. Eso es casi lo cotidiano. También entra en el cajón de lo común que, avanzado el rato, con el oscurecer a la vuelta, se dé paso a los de fuera de la cofradía. Antes incluso a los niños y a las niñas, que saltan como ven saltar y que se sienten parte de la fiesta desde el principio. Las águedas arrastran también a varios incautos. A sus familiares, a los músicos y a algún fotógrafo. Casi todos acaban pasando el piorno.

Por si alguno flaquea, también hay bollos blancos y cerveza para que pase. Pero lo que de verdad garantiza la continuidad de esto no es tanto la farra, sino las caras de las niñas que miran anonadadas y hacen planes para ser un día parte esencial de esta tradición de febrero en Andavías. Algunas de las que hoy saltan ágiles, dentro de unos años dirán que no suben, que hace frío. Y las que hoy miran desde la infancia irán a compartir una pizca de 6 de febrero con ellas a su salón.








