Eduardo Vicente se enteró de la historia poco antes del estallido de la pandemia. Una familia iba a coger la panadería de Ferreruela, en una zona demográficamente castigada de la Tierra de Tábara. El interés del creador audiovisual zamorano ya se había despertado, pero creció al comprobar que los nuevos propietarios eran personas procedentes de Túnez: «Y, cuando fui, me encontré una lectura bastante más grande», admite ahora el autor de un documental sobre el día a día de Mongi Sawan, su mujer Aida y sus hijos Mariem y Yahya durante los años en los que gestionaron ese negocio.
El proyecto de Eduardo Vicente se estrena este jueves (20.00 horas) en el salón de actos del Museo Etnográfico. Son quince minutos de pieza audiovisual donde se concentran muchas visitas a aquella panadería; muchos ratos de grabación con mascarilla, en pleno COVID. «Lo importante sigue ocurriendo en lo cotidiano y se construye en silencio», remarca el director de este documental que habla de choque cultural, adaptación, dureza y oficio. Pero también se hace preguntas.

«No hay un mensaje cerrado», apunta Eduardo, que enseguida se topó con una familia entregada al servicio por los pueblos de la zona, como tantos otros panaderos, de aquí y de allá, que llevan a cabo esa tarea por las comarcas de Zamora. Elaborar las barras y las hogazas de madrugada era solo la primera parte. Luego venía el despacho en la tienda y, sobre todo, el viaje en furgoneta por la contorna. En estos lugares, no queda otra.
«Pero también vi a esa gente haciendo preñados en pleno Ramadán», recalca Eduardo Vicente, que asegura que su relato no pretende ser «ni victimista ni épico». Simplemente, una muestra de cómo funciona un oficio y de qué manera lo hace en manos de esta familia. La historia personal también tiene peso, claro. Hay trasfondo en la trayectoria vital de Mongi, que se plantó en España hace más de veinte años para trabajar en la construcción. O de camarero. O en una residencia.
«La situación en Túnez no era boyante y tomó la iniciativa. Más tarde vino Aida, que allí daba clases de francés, árabe e inglés», narra Eduardo, que fue tomando confianza con la familia para poder ir a grabar de forma periódica. Tanto en la panadería como en la furgoneta: «Ellos venían de un sitio donde todo está como más vivo. Aquí, les afectó ese choque cultural», analiza el director del documental, que menciona el factor de la pandemia como un elemento clave.

Por «algo que les sucedió», los miembros de la familia dejaron la panadería de Ferreruela a principios de 2023. «Y tuvieron que buscarse otra vez la vida», apunta Eduardo: «Son gente que sigue queriendo emprender», asevera el creador audiovisual, que hablará sobre la trama y el desenlace en un coloquio que tendrá lugar tras la proyección. Lo hará con Pepe Calvo, el director del Museo Etnográfico: «Algo sin mucha parafernalia, para presentar esto de manera digna», aclara.
Narrativas más largas
Eduardo Vicente, que agradece el respaldo del Ayuntamiento y la Diputación en esta parte del camino, señala también que ha sido «un aprendizaje» trabajar con narrativas más largas para alguien que viene del mundo de la publicidad, y defiende la pertinencia de elaborar una pieza de quince minutos: «Si en ese tiempo puedo contarlo, yo no quiero darle la vara a nadie», subraya.
Ahora, aparte de la presentación en el Etnográfico, Eduardo Vicente ha metido el documental en varios festivales y le buscará encaje en alguna plataforma. «También creo que puede estar bien verlo en algunos pueblos, e incluso en las universidades, porque tiene un enfoque antropológico. Además, es un buen momento para hablar de este tema», remacha el director de este proyecto que, por cierto, se titula «Los panaderos de Ferreruela».
