
Vivimos unos tiempos en los que la polarización de la sociedad está más latente que nunca. Esta polarización viene provocada porque algunos partidos aprovechan la falta de tiempo de mucha gente para buscar información y reflexionar y lanzan mensajes muy peligrosos que están calando como el agua.
Uno de esos mensajes es el de las “paguitas”. Normalmente las que reciben algunos inmigrantes y su efecto perjudicial para nuestra economía. Ante eso se utilizan argumentos como que “se están llevando mis impuestos” o “vienen a vivir a costa de mi esfuerzo”.
Cada uno es libre de pensar cómo quiera, pero para ello, es importante tener la información suficiente. Una información que aquellos que lanzan esos mensajes de odio conocen, pero por lo que sea, prefieren omitir. Por eso, el único objetivo de estas líneas es explicar de la forma más sencilla posible el objetivo real de lo que muchos llaman en tono despectivo “paguitas”.
Lo primero de todo, hay que tener en cuenta el doble enfoque de esos subsidios. Por un lado, estos subsidios pretenden garantizar que todos los ciudadanos puedan satisfacer sus necesidades más básicas con un mínimo de dignidad. Este aspecto viene reflejado en el artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, donde se indica que los poderes públicos deben garantizar, por medio de subsidios o “paguitas” que todo el mundo pueda tener una vida digna.
Pero, por otro lado, estos subsidios son fundamentales para el buen funcionamiento de la economía. Y es aquí donde me quiero detener.
Durante la Gran Depresión provocada por el Crack del 29, la crisis mundial más larga y profunda del siglo XX, un economista, John Maynard Keynes, hizo una serie de propuestas para “solucionar el problema”.
La solución para Keynes fue clara. El Estado debe inyectar dinero en la economía para activarla y que ésta mejore. Y una de las formas más importantes eran los subsidios, es decir, transferencias de dinero del Estado a personas sin recursos. De hecho, el propio Keynes expuso esa solución con su famosa propuesta: “Tenemos que contratar a parados para que caven zanjas y luego a otros parados para que las tapen”. Es decir, ingresar dinero a personas sin recursos, aunque no realicen ninguna actividad productiva concreta. Eso, pensaba Keynes, salvaría la economía, y efectivamente, la salvó. Pero ¿por qué?
Porque el objetivo real no es la ayuda sino introducir ese dinero en la economía. Si además se hace ayudando a que personas sin recursos puedan satisfacer sus necesidades, ¡pues mejor!
Vamos a suponer que el Estado le otorga a una persona una “paguita” de 400 €. Lo más probable es que esa persona se gaste el dinero en cubrir sus necesidades. Por tanto, esa persona está introduciendo esos 400 € en los comercios que le rodean (panadería, frutería, tienda de ropa, bar…), por lo que, ayudando a esa persona, el Estado ha introducido 400 € en la economía. Los dueños de esos comercios, a su vez, tendrán dinero para gastar en otros comercios. Por lo que esos 400 € volverán a moverse. Es decir, es como si en realidad hubiese 800 € en la economía (los 400 que gastó la primera persona y los 400 que han gastado los dueños de esos comercios), y así sucesivamente.
Por tanto, el hecho de que el Estado le de una “paguita” de 400 € a una persona, sea española o inmigrante, implica introducir en la economía del país mucho más que esos 400 €. Eso es lo que se conoce como el efecto multiplicador de Keynes.
En realidad, esto no es exactamente así, porque hay un concepto tan importante como sencillo de entender que es la “propensión marginal al consumo”, que no es más que el porcentaje de los ingresos que te gastas y el porcentaje de ingresos que ahorras.
Lo más normal es que, cuanto menores sean tus ingresos, más probable sea que te los gastes por completo y, a medida que ganes más dinero, puedas ahorrar un porcentaje mayor de tus ingresos.
Esta es una cuestión muy importante, porque las personas que reciben las “paguitas” son gente que no tienen recursos, por lo que, con toda probabilidad, se lo gastarán todo.
De esta manera, y siguiendo con el ejemplo de esa “paguita” de 400 €, si suponemos una propensión marginal al consumo de 0,7 (de media gastamos el 70% de lo que recibimos y ahorramos el 30%) y unos impuestos medios del 21% (tipo general del IVA). El hecho de que el Estado entregue esos 400 € a una persona, supone que va a introducir a la economía 894,85 € (utilizando el multiplicador del gasto público de Keynes) y, además, al final los va a recuperar a través de los impuestos.
Un ejemplo práctico, reciente y cercano, serían los bonos del comercio solidario para desempleados que el Ayuntamiento de Zamora ha puesto en marcha durante los últimos años en la ciudad. Una iniciativa que ha gozado de una buena acogida por parte de usuarios, comerciantes y asociaciones empresariales locales.
Por tanto, el argumento esgrimido por algunos partidos contra las “paguitas” a los inmigrantes cae por su propio peso ya que lo que no dicen es que con esas paguitas que salen de nuestros impuestos se consigue: ayudar a las personas más necesitadas, reactivar la economía y, todo ello, recuperando los impuestos para financiar los servicios públicos que disfrutamos todos.
Visto que el argumento económico no es correcto, sólo queda pensar que los argumentos en contra de ayudar a personas en situación de vulnerabilidad sean de donde sean, van por otro lado.
