
No os lo vais a creer pero he comprado en un mercadillo la última medalla del noble de la paz por un modestísimo precio, y sin necesidad de regatear. Según el merchero que me la vendió, la medalla era auténtica y había llegado a sus manos después de pasar de las manos de una tal Corina a un tal Donald, de un tal Donald a un tal Nicolás, y de este a otro noble caballero hasta llegar al noble lugar de un castillo zamorano de origen templario donde habitaba un desconsolado personaje creado por inteligencia artificial con la cara naranja y mofletes de beber bastante vino, una especie de mutante que sufría delirios de grandeza y que no contento con las propiedades transformadoras de la medallita la había donado a Cáritas para que esta organización se la diera a cualquiera que estuviera necesitado de ego. Por fortuna, este tipo de donaciones no llegan nunca a su destino y es por ello que apareció en los bolsillos de un merchero que la puso a la venta por 50 euros antes de que uno de sus antiguos propietarios desatara —tras recuperar la consciencia— una guerra mundial para que el oro volviera por Navidad, y no por el oro en sí —porque, como todo el mundo sabe, el oro de los nobles tiene de oro lo que dicen que hizo el moro cuando fue al retrete—, sino por lo que en el fondo esta medalla siginifica.
Lo primero que me dispongo a hacer con ella es ponerla a cocer a fuego lento con unos mejillones, que es la manera de que los tigres salgan ricos, muy ricos —tanto como Bill Gates—, y después buscaré el teléfono de la Academia de los nobles de la paz para que puedan concederla el año que viene y no tengan que encargar otra nueva para Netanyahu, que anda muy necesitado de reconocimiento y tiene el antojo de colgarla en el salón de uno de los apartamentos de lujo que piensa construir en el futuro resort sobre el holocausto de Gaza.
Como pueden ver, dispongo de un espíritu ampliamente generoso y esto se debe a mi tradicional pasado leonés, caracterizado por la sobriedad, la lealtad y el sentido del humor, lo cual me ha llevado, irónicamente, a tener que sortear algún duelo que otro con más de un regidor municipal por culpa de la seriedad de sus planes urbanísticos.
Frente al delirante espíritu del consumismo —y del comunismo consumista—, yo siempre he preferido mantener una actitud conservadora, y cuando digo conservadora me refiero a las sardinas en aceite de oliva y no al libre mercado de la vanidad —al estilo Ayuso y Cía—. Sé que no es lo común, de hecho a la provincia llegan todos los días grandes ególatras con magníficas ofertas de expropiación de la Antártida sanabresa, incluso he escuchado que quieren llevarse los bosques de carballos como materia prima. En otros lugares, como Tierra del Pan o del Vino, los ímpetus de grandeza de determinadas empresas, antes dedicadas a la construcción de pantanos y ahora a transitar por las ayudas europeas, empujan a las administraciones a autorizar gigantescas torres de producción de energía que aprovechan con insolencia los vientos de la euforia. Y en Benavente y alrededores, también tierra de nobles y condes, las cárceles de animales salvajemente tratados dan de comer a media China a ritmo de bombo y platillo, con el sonido de fondo de una trama plateresca. Pero todo esto no va conmigo, la verdad. Prefiero vivir rodeado de humildes hierbajos que ser cómplice de toda esa fanfarria grandilocuente que fabrica nobles medallas para que se las pongan al cuello individuos enfermos de usura, de megalomanía, de jactancia y de soberbia.
Corren malos tiempos para la humildad y yo me pregunto qué aprenderán todos esos chavales enganchados a las redes que disfrutan viendo cómo el triunfo es eso, una medallita detrás de otra, un reconocimiento público para poder masacrar a los demás tanto con drones como con desahucios o con listas de espera, o con racismo en vena. No sé qué van a aprender en la vida con el ejemplo que dan quienes gobiernan el planeta.
Corren malos tiempos para la poesía, porque hasta la poesía se ha convertido en un festival banal de no decir nada que moleste a los que dan las medallitas, y por eso ya nadie cree en la poesía y es el reguetón de cadenas de hojalata lo que triunfa. Y para colmo, el dinosaurio compositor más famoso de la historia es acusado de abusar paternalmente de unas sencillas muchachas utilizando para ello su gran reputación y a continuación exonerado de toda culpa, gracias a su divina inocencia.
Corren malos tiempos para la ética cuando lo más importante en la vida resulta ser ganar mucho dinero y acumular poder, y no la propia vida, y somos incapaces los poetas de demostrar que la grandeza del ser humano no está las huellas que dejamos en la tierra al caminar sino en saber pasar por la tierra sin dejar apenas huella.
No, ni nuestra especie es la más importante en el universo conocido ni hay individuos de nuestra especie que sean superiores, por más que se lo crean —gracias a colgarse una medallita, tener un título de mandatario etílico o acumular cargos de relevancia psicopática—.
No somos más que polvo y no viviremos miles de años —como logran vivir los árboles cuando no se les toca—. Pensar de forma menos modesta es de tarados, por más que sea esto lo que más abunda.
Por cierto, me dicen que no es noble sino nobel. Maldito corrector trumpista.
