Faltan diez minutos para las tres de la tarde del viernes 23 de enero. El oeste de la provincia de Zamora muestra, ya desde hace rato, una estampa teñida de blanco por la nieve. No deja de caer. Las noticias hablan de camiones embolsados, reclaman precaución en las carreteras y avisan de que Ingrid – seis letras, nombre de borrasca – va a seguir presente durante las próximas horas. Pero Jorge no se arredra. En ese instante, coge el teléfono en la localidad de Folgoso de la Carballeda, a más de veinte kilómetros de casa. La ruta no para.
Jorge, de apellido Andrés, es el panadero de Villanueva de Valrojo y va camino de Pedroso y de Linarejos, los dos pueblos que le quedan para completar la ruta de ocho localidades que le toca el viernes. Un rato antes, en Sagallos, ha tenido que parar la furgoneta y poner las cadenas. Siempre las lleva. No es la primera vez que le toca usarlas: «De Codesal para arriba hay bastante», admite el ambulante, que lo tiene claro: «Yendo despacio y con las cadenas, se llega a donde sea».
Y no es por gusto, sino por la responsabilidad que siente Jorge para con los vecinos a los que les vende el pan de manera cotidiana: «Hay que atender a la gente que te compra todo el año», subraya el ambulante, que admite que, en ese instante, la capa de nieve alcanza «los quince o los dieciséis centímetros». Nada que ver con los peores días que ha visto este panadero de 51 años, que recuerda un temporal de hace más de veinte años «con medio metro» de nevada. «Me daba contra el parachoques», advierte.
Ahora, el único inconveniente, según explica, es que toca ir particularmente atento a la carretera y que «se tarda más en hacer la ruta». A la hora a la que tiene lugar la charla, Jorge Andrés ya tendría que haber despachado el servicio, pero aún le quedan dos pueblos. Se le va alargando, por tanto, una jornada que arrancó a las cinco de la mañana en el horno: «La gente sí que me lo está agradeciendo, muchos pensaban que no iba a ir», remarca.
Y es que varios de los compañeros con tienda ambulante por la zona han decidido quedarse en casa, algo perfectamente lícito y comprensible, como reconoce Jorge, que pone el acento en el carácter perecedero de su producto. Si no vende el pan esa mañana, el dinero se esfuma: «Si ya tengo el pan, tengo que salir, aunque sea para vender 30 o 40. Si ves la cosa mala, pues te das la vuelta», constata el responsable del negocio de Villanueva de Valrojo.
Clientes contados
Jorge dice 30 0 40 por decir algo, aunque si se para a pensar sabe casi con certeza las barras y las hogazas que va a despachar: «En este tiempo, los clientes los tienes casi contados», comenta el panadero, que este viernes va a ocho localidades, pero que tiene treinta en total en sus rutas semanales. Este sábado le toca «una más fácil, de Otero de Bodas para abajo». Se presume menos nieve. Pero ya se verá. Su idea inicial sigue siendo salir a repartir.
En días como estos, «la familia pregunta más y me dice que vaya despacio», pero se trata de «ir con cuidado, como otras veces». Así lo hará el actual panadero de la estirpe. Su abuelo ya se dedicó a lo mismo. Y sus padres. Ahora él, que cada vez atiende a más pueblos junto a una empleada que se ha sumado al proyecto: «Se van jubilando los demás por la zona y tenemos que salir los dos», destaca Jorge. Aunque sea entre la nieve.
