Enrique Ferrero todavía recuerda lo que vio de niño, cuando iba con su madre al corro que se formaba a la puerta de la iglesia de Domez. Siempre a mediados de enero, por San Antón. Desde que era un muchacho, la subasta de ese día ha sido un evento central para su pueblo, una cita con el arraigo a pesar de que los tiempos apuntaran en otras direcciones. Durante años, en el centro del corro, un hombre llamado Ismael Salvador alentaba a los vecinos para pujar más; luego, lo hizo un señor de nombre Juan Antonio. Hasta que llegó la pandemia.
El COVID provocó un paréntesis en la subasta de San Antón, igual que en el resto de la vida. Pero todo regresó. Y, cuando eso sucedió, hacía falta otra persona para guiar las pujas desde el centro del corro. Era el momento de Enrique. El chico de Domez se estrenó en 2023 y, en este 2026, cumplirá su cuarto año en la tarea. Los mayordomos lo eligen porque lo hace bien. Lo ha visto siempre, lo sabe interpretar y tiene la soltura precisa. Él volverá a ser el subastador.
Pero ordenemos un poco el asunto. ¿Qué es esto exactamente? Lo primero que hay que decir es que Domez celebra San Antón como una fiesta grande. En el marco de esa realidad, cada año, en el sábado más próximo al 17 de enero, los vecinos participan en una puja en honor a su imagen a las puertas de la iglesia del pueblo. ¿Y qué se subasta? Lo que las propias gentes reparten el día anterior entre los mayordomos nombrados anualmente, que van recorriendo la localidad en busca de las donaciones.
Las familias entregan embutidos, bebidas, huevos, empanadas, quesos, turrones, postres y alguna cosa más. Pueden ser productos caseros o adquiridos en el supermercado. Cada uno lo que estime. Todo se coloca en el centro del corro y prácticamente el pueblo entero participa. Tanto en dar como en pujar. El resultado es que, cada año, se sacan de ahí más de 2.000 euros para arreglos en la iglesia y para la fiesta. En 2025, con la pujanza creciente de la tradición, se superaron los 3.000.

¿Y qué es lo que tiene que hacer Enrique? Pues básicamente ofrecer los productos, alentar las pujas, pinchar a los vecinos para que suban las cantidades e incluso iniciar él las subastas si la cosa arranca tímida: «A veces, te llevas para casa lo que no quieres», concede este joven de Domez, que tiene 25 años, que siempre vivió en la localidad y que tiene claro cómo funcionar: «Mi papel es que la gente pague el mayor dinero posible», defiende.
Eso implica vocear permanentemente, colar alguna broma de vez en cuando, saber dónde pulsar para que un vecino determinado alce la mano y medir cuando toca: «Al principio, la cosa suele estar más fría, pero se nota cuando los productos son de categoría», remarca Enrique, que entiende que las cosas de la matanza, los pollos o los postres caseros de cada cual valen más que alguna lata por ahí. «Mucha gente puja para llevarse lo suyo a casa», señala el subastador de esta puja digna de ver.
En la faena, Enrique Ferrero lanza el clásico grito «¡y más vale!» para estimular la presencia de más manos. Luego, se encarga de dar las pujas por cerradas y adjudicadas. Sentados en el corro, los mayordomos y mayordomas apuntan en una libreta el nombre de quien resulta ganador. Luego paga: «Se suele hacer un sábado también para la gente forastera», comenta el joven de Domez, sabedor de que este año la fecha coincide exacta y de que habrá multitud.
La asociación y la comisión
En general, desde la pandemia, la cosa marcha: «A la juventud le gusta el pueblo y busca tirar de lo que hay», afirma Enrique Ferrero, que se pasa «dos horas o dos horas y media» en el corro hasta que termina la subasta. Luego, de tarde, participa en la organización de la jarana, que corre a cargo de la asociación El Piélago y de la comisión de fiestas. Todo, a pulso.
De un tiempo a esta parte, cuando pasa el fin de semana, a Enrique le toca volver a Zamora. Aquí trabaja y aquí se ha mudado. «Pero soy de allí», remacha, en referencia a Domez, el pueblo que el sábado volverá a escuchar sus gritos y a reír con sus ocurrencias en una subasta de San Antón que no se agota.
